Cronenberg insiste en su insana obsesión por los biomecanoides, trasunto del hombre tecnologizado y deshumanizado. Los personajes de Crash necesitan estar en comunión con las máquinas, ya sean coches o prótesis, para sentirse excitados, al igual que necesitan estar en comunión con su propia autodestruccion, circular aunque progresiva, de sus propios cuerpos (biológicos o mecánicos) y de su propia moralidad, para sentirse vivos.
spoiler:
La idea de la alineación personal a través de la alineación del propio cuerpo, tema recurrente en Cronenberg, alcanza aquí uno de sus elaboraciones más perfectas conceptualmente junto a Videodrome.
El protagonista (James Spader) va entrando cada vez más en la espiral del mundo máquina que el personaje interpretado por Koteas le va ofreciendo, primero a través de su novia (Holy Hunter), luego a través de sí mismo. Spader, tanto por sí mismo, como por su novia (Deborah Jara Unger), va haciéndose cada vez un mayor acólito de la peculiar religión de la que Koteas es maestro.
Spader, aplicado discípulo, aprende los entresijos de la alienación mecánica y del amor a la autodestrucción en un proceso de aprendizaje doble, actuando por sí mismo o vicariamente a través de sus fantasías o su propia novia. En dicho proceso, llega incluso a superar a su maestro, que, al morir y convertirse en mártir de su excéntrica religión (como ya lo fue James Dean), le da la última lección a su discípulo.
Maravillosa película de Cronenberg, aunque difícil para no iniciados en su mundo