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SPANISH CONNECTION
A Enrique Urbizu se le recuerda por ser el director capaz de sacar a relucir otros registros distintos a Antonio Resi nes en Todo por la pasta (1991). Más tarde, Ricardo Franco los acentuaría en La buena estrella (1997), y de nuevo aquí, en La caja 507, Urbizu le regala la posibilidad al actor es pañol de afianzarse como actor dramático.
La caja 507 es la prueba palpable de dos asuntos de cierta importancia: el primero de ellos hace referencia a que el cine español goza de pequeños talentos, ocultos y desbordados por los encargos y las directrices que rigen en el mercado, que no están disponiendo de la suficiente confianza para dar rienda suelta a su imaginación y sus posibilidades; el segundo nos deja bien claro que el cine patrio aún no ha asentado sus señas de identidad actuales y sigue perdido en las comedias huecas, campechanas y con tufo a lo cine de barrio, además de en historias demasiadas veces ambientadas en la España rural y franquista. El director demuestra que disponemos de material suficiente para convertir en imágenes los problemas que azotan al mundo, y que tienen la forma en nuestro país de corrupción política, delincuencia, malos tratos, terrorismo, paro, mafias internacionales, narcotráfico, ajustes de cuentas, dinero negro, incendios provocados... y ya es hora, de que filmes como La caja 507 supongan un punto de inflexión para directores y productores, sobre todo para estos últimos. Con guiones como el escrito por Enrique Urbizu y Michel Gaztambide, de esos que funcionan apegados a la realidad uniendo cabos sueltos, se nos presenta el retrato exacto de dos personajes antagónicos, y como en muy pocas veces, el de un héroe anónimo que no diferencia el bien del mal. No se alejan mucho los negativos de la frialdad y la violencia de Don Siegel en Harry el sucio (1971), del objetivismo y la distancia de Sidney Lumet (Tarde de perros), o de la facilidad para narrar una trama, propia de los submundos, de William Friedkin en French Connection (1971). Sólo hay que prestar atención a frases tan contundentes como las dedicadas al mundo de la prensa o a las que salen de la boca de José Coronado (excelente, la mejor interpretación de su carrera) para tratar de paliar las borracheras de su compañera sentimental Goya Toledo.
Con pulso firme, repleto de seguridad, tal vez un poco falto de ritmo en algunos momentos, el director consigue una obra notable, seria, verosímil e impactante, que quedará en la retina de los espectadores durante mucho tiempo, y servirá de guía para próximas comparaciones.
La Maga 
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