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Vivitos... y cocinando
Comer, beber, amar..., en definitiva, vivir.
Tan simple y obvio como eso es lo que traspasa, por todos y cada uno de sus poros, la peli de Ang Lee. Como si de una agradable, sosegada y prolongada sobremesa se tratara, el menú de Lee nos hace cómplices de las alegrías y los sinsabores de una familia taiwanesa cuyo patriarca, un reputado chef, transmutará sus fogones domésticos en madriguera y sanctasanctorum del particular ciclo vital de su progenie.
Resulta palmario afirmar que la comida, y la bebida, socializa. Y cuando decimos que socializa nos referimos a que contribuye a estrechar vínculos interpersonales y que, además, constituye un pretexto fenomenal para –al margen de nutrir nuestro organismo- organizar nuestro día a día, descansar, escaquearnos, festejar, negociar, intimar, ligar, reconciliarse, disculparse... o, si uno es afortunado, preparar con picardía y anticipación el calentamiento previo a la práctica de cualquier actividad amatoria. Algo tan positivo y natural es lo que explicita, sin pretensiones ni artificios, este redundante “Comer, beber, amar”.
Tal vez deberíamos comer menos y cocinar más. Tal vez deberíamos follar menos y hacer más el amor. Qué coño!... tal vez deberíamos hacer cada cosa en su momento. Aquí y en Taipei.
Taylor 
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