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Delirio permitido
Para todos los que disfrutamos con la joya ochentera de John Landis, situada en Londres, esta película va a saber, inevitablemente, a poco. Concebida como una suerte de secuela-remake en la que lo que más se parece a su modelo es el título, no hace sino exagerar e hiperbolizar todo lo que en el original era más elegante y sencillo (como el diseño de las criaturas o las transformaciones, demasiado hinchados y artificiales por culpa de los efectos especiales; o el humor, más infantil y bobo).
Sin embargo, su visionado no resulta insultante en absoluto, y las aventurillas licantrópicas de este grupo de americanos en la ciudad de las luces se hacen llevaderas y moderadamente divertidas. Acepta feliz su condición de delirio, de broma para pasar un buen rato viendo hombres (y mujeres) lobo que se mueven entre historias con sectas lunáticas, sangre, bromas simples y eficaces, muertos vivientes y muchas noches de luna llena.
Y a otra cosa. Otro asunto es que no dejemos de echar de menos el hilo musical de 'Moondance' y todas aquellas cosillas que hacían de la película de 1981 un clásico irrepetible.
Sarasa 
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