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Pásame El Cuchillo De Trinchar, Mamá.
Ahora que Saturday no me ve aprovecho para decir que esta debe ser la andanada franchute más certera que he visto en la úLtima década. Desde luego ha sido la que más he disfrutado. Aunque también he de decir que pocas han sido las alegrías que me ha deparado la tricolor, cinematográficamente hablando, hablando de lo que fuere, realmente, en esta última década. Pero al César lo que es del César, esta película me ha sorprendido muy gratamente. Me ha sorprendido, primeramente, ese ritmo desbocado que la ensarta de cabo a rabo. Cuando llevaba veinte minutos de película he de confesar que me encontraba ya aturdido y conmocionado por esa condensación extrema de secuencias, por ese aluvión de datos y escenas con que Desplechin abruma al espectador, lo pone en situación, y tiene mucho que poner en situación para preparar ese salto del ángel hacia el núcleo familiar roto y desmembrado que protagoniza la función. No sorprende comprobar cómo ha desatado opiniones para todos los gustos en la licorería. Hay voces que se apresuran a afirmar que estamos ante un descendiente directo de nuestro viva la vida favorito, el sueco de los huevos de oro, el corista de ABBA, y no van desencaminadas, no. Aquí los obuses van y vienen, caen las bombas, cuerpo a tierra, las tripas adornan los árboles de navidad, un corazón ensartado corona el abeto, pero hay una diferencia muy sustancial: la frivolidad. La frivolidad mató al franchute, y si sobrevivió fue por que cantaba a voz en grito la marsellesa y con ella espantó a la muerte. Algo tienen los franchutes que no me acaba de convencer, cuando intelectualizan las emociones, cuando se apuntan a la lírica y a la poesía, cuando se miran el ombligo en demasía, no digamos ya cuando saltan a un campo de fútbol vestidos de corto. Y aquí me volvió a ocurrir de nuevo un poco, aunque admito que disfruto tanto con este tipo de fregados que conseguí darle esquinazo a esa sensación. Y volviendo a la frivolidad a la hora de lanzar la cantidad ingente de dardos envenenados que pueblan este artefacto, otra cosa hay que admitir: con ella como aliada, Desplechin acaba por lograr endulzar el vinagre de tal manera que consigue un curioso equilibrio entre drama y comedia, una verdadera cama redonda en la que tan pronto sale uno como entra el otro sin apenas chirriar, con una naturalidad muy sui generis. En fin, que un drama francés de 150 minutos me haya mantenido imantado a la pantalla es toda una hazaña, y Desplechin, un tipo al que voy a empezar a marcar de cerca, lo ha conseguido. Descorcho un burdeos en su honor, aunque ojo, me sigo cagando en la tricolor.
Peter Gabriel 77 
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