|
Gran película, a pesar de Cronenberg
No soy admirador del cine de Cronenberg. Mayormente, su obra me repulsa, su malsano interes por lo raro, por lo especial, me aburre y me deja la sensación de que se desperdicia un enorme talento que podría hacer más películas aparentemente sencillas como esta, y ponerse menos críptico de lo que es. Y aunque no se ponga críptico, esta película, que podría malinterpretarse al venir de un cómic, es la película que Clint habría hecho, sin lugar a dudas. Una absoluta reflexión acerca de la violencia que inunda nuestras vidas, toda forma de violencia posible, desde la maldad pura, hasta la autodefensa, y de cómo puede cambiar la conducta de las personas, todo ello envuelto en la apariencia de un western moderno, a semejanza de los que en su día hizo Peckinpah, como podemos observar en el magnífico principio, una auténtica declaración de ideas acerca de todo el desarrollo de la película.
También, una probable crítica a la necesidad de la gente de buscar sus propios héroes, la necesidad del pueblo llano de tener a alguien de su mismo rango que sobresalga entre ellos y les muestre cómo representar los elementos que debería tener todo buen ciudadano, que a ojos de los demás sea un moderno John Wayne, como aquí es el caso de Tom Stall, cuya apariencia no es ni más ni menos que la punta del iceberg que oculta una compleja y oscura historia dentro. A partir de entonces, comienza la disección del héroe, ese ciudadano al que todos admiran, y lo hace de una forma totalmente sobria, para acabar concluyendo que no es más que un animal que usa la violencia como método de supervivencia ante todo aquello que le ataca, incluso si hace falta, contra su propia familia. Un magistral Viggo Mortensen, ese héroe cinematográfico de nuestra generación, le da el toque perfecto a su personaje, lacónico aunque hijo de puta, ese héroe anónimo, perfecto padre de familia, que recibe la visita del pasado y al que todo se le desborda en el momento en que tiene que hacer frente a la realidad, siguiendo un proceso de desmoronamiento en el que el espectador es capaz de imbuirse, aún sabiendo cómo es realmente el protagonista, debido al buen hacer de actor, director, y por qué no, de la sutil composición de Howard Shore.
Una película sobre la ambigüedad moral que copa nuestra sociedad, donde eres héroe por matar a alguien, y que, como vimos recientemente en Banderas de nuestros padres, encumbra como héroes a personas que son como nosotros mismos por el mero hecho de salir en la televisión, a una gente estúpida con un velo tapándole los ojos que no ve más de lo que quiere ver. Por ponerle un par de peros a la película, los últimos 20 minutos me parecen inconcebibles, debería jugarse más a la insinuación y no descubrir todo el fondo de la historia, a pesar de contar con una escena final con su familia absolutamente magistral, y William Hurt, desfasadísimo y sobreactuado... por lo demás, una cinta referente del 2005.
Tony Montana
|