Billy Wilder firmó esta cinta en el año 1957, basándose en la obra epónima para teatro de la gran dama británica del misterio, Agatha Christie, con la colaboración del guionista Harry Kurnitz.
El resultado es una deliciosa película de grandes procesos judiciales o trials, de esas que creaban escuela, con un tono más aséptico que "Anatomía de un asesinato" del autor Otto Preminger, aunque más singularmente irónica y cómica.
Es verdad que los actores de antaño en líneas generales sobreactuaban (Tyrone Power así lo hizo durante todo el proceso judicial), que muchas de las escenas rozaban la más pueril ñoñería (el detestable personaje de la señora Pilmshot, interpretado por la esposa de Laughton Elsa Lanchester da fe insoportable de ello), que los guiones no eran precisamente fosas de hormigón sin fisuras (y el guión de esta cinta así lo atestigua)...
Aún con todas estas imperfecciones y más el regusto a clásico irresistible que destila la cinta a lo largo de sus casi dos horas de metraje, resultan una de las experiencias más agradables que jamás viví delante de una pantalla.
Uno tiene la sensación más bien de asistir a una nueva clase magistral del suspense de la mano de Hitchkock, pero ¡no!... Es Billy Wilder quien a todo eso ello añade su inconfundible sello, aquel del buen hacer, del gusto por el humor inteligente, y los deliciosos dobles sentidos de los que estaban hechos sus irrepetibles e inolvidables diálogos.
Una experiencia única e irrepetible con un inmenso Charles Laughton a la cabeza.
Wilder al final de la película ruega a los espectadoras que la hayan visto, no adelantar acontecimientos a los que aún no lo habían hecho. Yo no voy a ser menos.
V I T A l.
spoiler:
Octubre de 1952. El abogado Wilfrid Robarts (interpretado de manera deliciosa por el orondo Laughton) regresa de una larga estancia en el hospital aquejado de una leve dolencia cardíaca, y acompañado por la insoportable y sistemática enfermera señora Pilmshot (Elsa Lanchester) quien no cesa en ningún momento de incordiarle con sus obligaciones de enfermo aún convaleciente y "castigado" por los médicos a una dieta a base de casos civiles (separaciones matrimoniales, desfalcos y denuncias por siniestros con el seguro de turno).
Su carácter díscolo y por momentos agrio resulta de lo más atractivo que se vio nunca en pantalla.
El procurador Malluy le presenta el caso de Leonard Vole (Tyrone Power), un hombre dedicado a trabajos poco cualificados como el de probador de juguetes para niños en grandes almacenes, reparador de máquinas extrañas, y ahora después de su estancia en Alemania con motivo del servicio militar, se dedica al oficio de inventor de cosas tan "prácticas" como la batidora de huevos que además separa la clara de la yema.
El tema es que Vole se ve implicado en el caso de asesinato de una dama cinquentañera llamada Emily French a la que conoció cuando ojeaba una tienda de sombreros en el día del cumpleaños de su mujer alemana Christina Helm (interpretada enigmáticamente por Marlene Dietrich), y de la que posteriormente se hizo gran amigo con el propósito egoista de conseguir fondos para su "innovador y revolucionario" invento.
Cuando se descubre que la difunta le deja en herencia ochenta mil libras, la cosa se complica paradójicamente para Leonard.
Laughton finalmente accede a defenderle en el proceso que tendrá lugar durante casi un tercio de la cinta, y en la que numerosos testigos son citados a declarar.
Cuando todos esperaban que Christina se citase como testigo de la defensa llega la gran sorpresa; Christina es un testigo de cargo.
A partir de entonces se suceden los diversos giros y contragiros que hacen de esta película una pieza maestra, muy por encima de la obra teatral epónima de la reina del misterio, Agatha Christie.