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La vida secreta de las estafas
Fui con grandes expectativas a ver La Vida Secreta de las Palabras. A los cinco minutos ya estaba fuera de la película. En el momento cumbre estaba ausente. Y al final no sabía si sentirme ofendido, cabreado o estafado.
El gran problema es, como siempre, el guión. En primer lugar, el personaje protagonista no actúa como debiera (creo conocer bien la psicología del tímido), sino como le resulta conveniente a la guionista. Mal, Isabel , mal. Si una persona es tan introvertida como la retratas, dudo mucho que se levante a hablar con la persona de la mesa de al lado, y de hacerlo tardará bastante o se quedará pensando un buen rato si debía haberlo hecho o no (y ya puestos, mejor que mandarla a una plataforma petrolera con un enfermo, ¿por qué no hacerlo a una abadía sadomasoquista o la casa de un psicópata? Hubiera salido una película más divertida). Llegamos a la plataforma, habitada por una banda de secundarios definidos a brochazo limpio (salvo un par de toques politicamente correctos). Todo ello aderezado por los inacabables diálogos entre Sarah Polley y Tim Robbins (aburridos incluso en los momentos cumbres), la presencia de Javier Cámara (en el papel de Javier Cámara, el único secundario que está algo esbozado, no mucho, pero algo) y unos interludios poético musicales a los que solo les falta el cartel de ¿Te gusta conducir?
Sobre el tercio final, qué decir (aparte de que el amigo con el que fui estaba completamente dormido). Manipulador hasta decir basta, con un final que hace que la cosa remonte algo el vuelo (no mucho, pero algo). Y no me olvido de ese toque cursilón de la voz en off, pero me parece que tampoco merece mucho más comentario.
Pablo 
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