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A Shakespeare le sienta bien el siglo XXI
Pues sí, señores. Quién lo iba a decir, pero así es. El siglo XXI no sólo sigue idolatrando al genio de Stratford, sino que además le sienta estupendamente a su obra. Romeo y Julieta, en versión Baz Luhrmann, es la prueba más palpable de ello.
En aquel 1996 no lo sabíamos aún, pero Luhrmann era ya uno de los realizadores más originales y atrevidos del mundo del cine. En esta, su segunda película, anticipa ya ese montaje frenético, esa puesta en escena cargada de energía, ese uso espectacular de la banda sonora para resaltar emociones y hechos, ese colorido apabullante, ese (consciente o no) toque gay en el vestuario y las coreografías (una de las pocas cosas que no me ha gustado es la visión del personaje de Mercucio, más parecido a la reina del Carnaval de Tenerife que al bravo amigo de Romeo)... en definitiva, todo lo que cinco años después iba a explotar en la gran obra maestra del australiano, Moulin Rouge, en forma de una orgía visual extraordinaria.
Pero la verdad es que lo que de verdad importa a Luhrmann es hacer justicia a la manera moderna al texto de Shakespeare y a la desgraciada historia de amor entre Romeo y Julieta, fuente de innumerables historias posteriores de amores prohibidos (sin ir más lejos, el de Christian y Satine en la propia Moulin Rouge), y para ello calca la mayoría de los diálogos de la obra original, haciendo hablar a los actores en verso. Y qué actores. No es que sean de Oscar, pero no pueden ser más adecuados para sus papeles. Fíjense si no en John Leguizamo y Pete Postlewaithe, en su salsa, o en los propios Claire Danes y Leonardo DiCaprio. Ella recita y se mueve con una soltura que ya quisieran otras (a saber por qué ahora mismo no es nadie en la industria...), y él, aunque entonces nadie vio más allá de su inmaculado físico, dejaba ver ya que no era uno más de los actores jóvenes del momento. Y si no, al tiempo, con sus extraordinarias actuaciones de Infiltrados o Revolutionary Road.
Y en medio de todo ésto, secuencias preciosas para el recuerdo, como la de la piscina, o, por supuesto, el final. Ese final que ya todo el mundo conoce, pero que vuelve a emocionar como si fuese nuevo.
Lo mejor: Prácticamente todo.
Lo peor: El inicio es algo excesivo, y el personaje de Mercucio queda algo ridículo, a pesar de su final.
Sibila de Delfos 
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