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Pues bueno
Por la tarde vio un documental sobre la mantis religiosa.
(Esto no quiere decir nada.)
Salían comiendo y cazando
insectos y otras cosas.
Pájaros y culebras.
Después, más tarde,
le alumbró de forma latentemente inesperada algo que poblaba sus vigilias,
su tiempo, sus luces.
Luces de neón iluminaban los frontales y resquicios de una ciudad dormida en su eterna somnolencia,]
éxtasis vitaminado del Japón,
con sus karaokes, sus no muertos, sus juegos decadentes transversales y desafiando
el filo de la noche naciente, su corazón vacío.
Y vagó sin moverse.
Perdido, adormilado, lúcido, despierto.
(Y visitó cada faro y cada bombilla,
y cada resplandor le cegó,
y después se apoyó hacia la ventana,
y peinó la multitudinaria soledad por encima,
por debajo.)
A semejanza de su semblante,
aquel extraño lugar no era nada más que un estado de ánimo.
Descorazonador, desangelado en su fulgor, condescendiente a la errabundia del viajero que ya no tiene donde ir.
Aquel extraño lugar era el colmo de una traducción desesperada, fútil, baldía,
que nacía para agonizar al instante,
y que hablaba de temblores, cielo yermo, sofocado ímpetu, imposibilidad tenaz.
Se dejó aprisionar por el suelo.
Se tiró cansado, mortal.
Ni siquiera le quedaba el consuelo-solaz de un par de millón de dólares,
o una rubia también adormilada, desvelada, bella, muy bella, con rostro de ángel, o esperanza.
Tenía una sola voz, terca, pero ya marchita,
y un montón de cadáveres como en aquel poema.
(Pero esto no significa nada).
Se quedó mirando a través de la ventana.
Con otro millón de luces parpadeando y no destino.
Y se echó a reír, sin ganas.
Igual me tiro, pensó.
Aunque luego recordó que era tarde, y se fue a dormir.
Aunque luego recordó que no era cuestión de tiempo, y no podía.
Caballero Blanco 
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