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Hedonismo y armonía
La rama oprime a la rama,
ni una sola se libera:
oh, sí, una; sube, sube…
R. M. Rilke
Recuerdo que cuando niño los chicos del barrio y del colegio tenían a sus superhéroes par-ticulares: Cruyff, Maradona, Beckenbauer, Pelé, Di Stefano, Zubizarreta, Koeman, Romario, Butra-gueño, Hierro, Guardiola, Redondo, Bakero, Laudrup, Salinas, Schuster… (las chicas a esas edades todavía eran un universo desconocido). Yo, claro, también tenía los míos, aunque no tan sudorosos y sí mucho más irreverentes: Groucho Marx, Roberto Benigni, Jacques Tati, Buster Keaton, Charlot, Harold Lloyd y el Woody Allen pre-intelectual. Con estos datos en la mano, ni falta hace decir que hablaba un lenguaje totalmente opuesto al de los chicos del barrio y del colegio, con la notable dife-rencia de que ellos resultaban ser todos y yo un impertinente cero a la izquierda que no entraba ni por asomo dentro de sus esquemas lúdico-ocio-existencialistas perfectamente consolidados.
De todos los cómicos citados, el que hizo una crítica más contundente al hecho instrumen-tal (el cual elimina de los individuos la capacidad teórica de una conciencia mejor) fue, sin duda, Jacques Tati, sobre todo en sus tres obras mayores: Las vacaciones de Monsieur Hulot, Mi tío y Play-time. Alto, delgado, silencioso, ataviado con su inconfundible gabardina marrón, sus calcetines a rayas, su pajarita roja, su sombrero verde botella, su larga pipa oscura, su paraguas, su amabilidad, su eterna mirada infantil y sus aires de despistado, el bohemio personaje de Monsieur Hulot diseñado por Tati merece estar por derecho propio entre los grandes de la historia del cine. La cámara de Tati —que es en todo momento la mirada de Hulot— observa con desconcertante perplejidad cómo la sociedad consumista y mecanizada de Occidente avanza a pasos agigantados hacia la des-personalización masiva, en la medida de que la razón se consolida como una única dimensión desde la cual queda sesgado todo grado de objetividad (y, de paso, la propia dignidad de los individuos). Frente a este triunfalista y autodestructivo discurso, Monsieur Hulot defiende un estado de armoni-zación, hedonismo y sencillez que pueda disolver la inmanencia de lo ente en la que se encuentra anclada la sociedad dominada. Al final su objetivo no es otro que rescatar la tesis comunitaristas como panacea, a pesar del fuerte sentimiento de rechazo que dicha idea puede despertar dentro de una sociedad astutamente reducida a la mera instrumentalización e incapaz ya de vivir sin pasos de peatones, semáforos y atascos en las carreteras, ni centros comerciales o macrourbanizaciones monstruosas que eliminan cualquier signo de identidad del entorno físico.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: En contraposición al citado panorama, en Mi tío se dan citan un buen número de escenas memorables que rescatan la vieja idea del inconformismo idealista, tales como la de ese barrendero que nunca llega a barrer, los comerciantes que se pasan la vida jugando a las cartas en la terraza de un bar, la picardía de los perros vagabundos que van y vienen o los niños que juegan en la calle explorando los misterios del alma humana. En ese cálido microcosmos dibujado por Tati donde hasta una simple discusión resulta de lo más cordial, aún hay tiempo para poder disfrutar con “hechos insignificantes” como la lectura de un poema o el cantar de los pájaros sin que uno se en-cuentre sujeto a la incomprensión y la tiranía de la mayoría. Un refugio más para los caraduras que nos negamos a crecer.
Clínex rotos 
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