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Con la frente marchita
Imposible no remitirse a los universos kafkianos con sus pequeños personajes absortos: Luces...nos introduce en un mundo mecanizado y gris; de emociones perdidas, de imposibles redenciones. Su puesta en escena la transforma en una peli singular que, de no contar con ese pulso extraño que le da vida a la muerte, pasaría desapercibida dentro de un guión muy finito.
Koitinen es un personaje que persigue las leyes del universo que lo circunda: guardia de seguridad que ve correr al poder en paralelo, sin acceso a él. Extraño conocido por todos, algo tan paradójico como su propio oficio, con una vida en eterna transición y completamente fuera de su control. Lo sostienen un pibe de color y una mujer anónima, típicos personajes que funcionan como cables a tierra de protagonistas marcados por su soledad y su desfasaje en el medio que frecuentan.
La puesta en escena nos ofrece tonos afectados, marchitos. Por momentos la peli parece muerta, como zombificada pero con un latido invisible de fondo que construye una atmósfera hipnótica. Carente de situaciones dinámicas, el espectador asiste a secuencias congeladas; cada fotograma se deja ver mediante una fotografía imponente e inaprehensible.
La peli conlleva el lamento de todo tango que se precie, pero no su ritmo. Éste último parece representarse con un montaje de planos estudiados cuasi maniáticamente pero fuertemente depurados a nivel formal.
Luces es, sin dudas, cine de autor. Puede fascinar a muchos y repeler a otros.
Juan Rúas 
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