La primera hora es fascinante, apabullante, originalísima. El riesgo de reducir los diálogos al mínimo y abrir la puerta a la música pop logra magníficos resultados. Uno se queda boquiabierto ante el despliegue de medios, los rituales de la corte, el lujo desmedido, la recreación minuciosa de aquellas vidas tan alejadas de la realidad. Pero empezada la segunda hora la película decae en interés, y con los albores de la Revolución Francesa uno espera más trama, más chicha, que la señorita Sofía decide no regalarnos. Decepción final.
spoiler:
Lo que no es de recibo es ese final. No se puede hurtar al espectador el momento cumbre de la vida de María Antonieta, que es su proceso y su muerte. Alguno podrá decir que la película sólo cuenta eso, la buena vida, los años de vino y rosas, y que es lícito dejar en elipsis los últimos meses fatales. Bien, de acuerdo. Pero uno sospecha que esto no es así, que la señorita Coppola se identifica tanto con el personaje que llega a justificarlo, a quererlo, a este bicho sin alma ni conciencia que era, como todos los demás en la corte, la tal María Antonieta. Uno piensa que se nos hurta el final por decoro, por compasión, por no estar de acuerdo con él.