Tenía catorce años y la vida rebosaba en sus ojos.
Criada en la severa corte de los Habsburgo, la dinastía imperial de Austria, era una niña dulce y espontánea que soñaba los sueños de cualquier niña.
A su alrededor se gestaban alianzas políticas y enrevesados entramados diplomáticos de política exterior hacia los que ella no sentía la menor inclinación.
Sin que nadie le consultara, la prometieron al delfín de Francia y la enviaron para siempre lejos del que había sido su hogar infantil.
La casaron con un muchacho tímido no mucho mayor que ella, y ambos tardarían mucho tiempo en hacer vida matrimonial plena porque eran demasiado jóvenes y no estaban preparados para todo lo que se les había echado encima. Pero la pobre muchacha tuvo que soportar las constantes presiones de su madre desde Austria y de la corte de Versalles, quienes la culpaban a ella por no saber seducir a su marido y por lo tanto no tener la posibilidad de traer un heredero a la corona.
Fue sumergida en una corte decadente, superficial y frívola y tuvo que aprender el arte de moverse entre buitres despellejadores.
Tuvo que aprender a convivir con el ridículo del exagerado, encopetado y exasperante protocolo.
Tan joven como era y rodeada de lujos y diversiones, se dedicó a lo que cualquier joven ansía dedicarse: divertirse.
Ella no era estúpida ni estaba ciega; simplemente, era una chica dulce que había crecido siendo la hija menor de su corte y a la que no habían preparado adecuadamente para asumir la tremenda obligación del gobierno. Ella misma no se creía facultada ni capacitada para ello ni su temperamento alegre, expansivo y sencillo la inclinaban hacia unos asuntos tan serios.
Vendida a un matrimonio concertado como era habitual para consolidar alianzas entre países, arrojada a un ambiente ponzoñoso y libertino que la despreció por su origen austríaco y por sus muestras de espontaneidad, encandilada por el incienso del lujo y de la gula, probablemente (aunque parece que nunca se ha demostrado) seducida por galanes, oprimida por la presión de consumar su matrimonio y tener un hijo varón...
La cámara se recrea admirablemente en las expresiones de su rostro, transmitiendo con honda emotividad la tristeza que a menudo la invadía, la sensación de vacío que a veces la inundaba; bajo su contenida apariencia de afabilidad, la imagen nos hace partícipes de sus ganas de gritar, de huir, de dejarlo todo y regresar a su infancia añorada y perdida. Somos testigos de su sensación de vergüenza y ridículo al tener que mostrarse continuamente como un mono de feria ante toda la corte.
Pero ella, siempre alegre y optimista, no tarda en aturdir tantas decepciones y penas organizando fiestas, reuniones y juegos, sacando a la luz sus ganas de disfrutar sin reparos.
Sigo en el spoiler.
spoiler:
Ella advierte la armoniosa belleza de un amanecer sobre los campos y el estanque de Versalles; ella capta la hermosura de la hierba, de las flores, la delicadeza de unas prendas de vestir exquisitas que realzan su atractivo, el placer de saborear la buena comida, de sentirse deseada por otros hombres... Su mirada se pierde con frecuencia, lánguida e inalcanzable, arrastrando con ella toda la melancolía, tal vez el dolor de ser "La austríaca" nunca plenamente aceptada, el vacío de una vida que se consume en días de aturdimiento y frivolidad para no tener que pensar demasiado, para no ver lo frágil de su posición, la falta de un amor auténtico excepto el de sus hijos y con el tiempo el de su marido.
María Antonieta no conoció otra clase de vida, no se le dio la oportunidad de desarrollar otras facultades, fue drogada y engatusada por el peligroso opio de Versalles. Mientras ella trataba de disfrutar lo máximo posible, las calumnias y los rumores circulaban y comenzaban a crear el cerco del odio popular que se iría cerrando poco a poco en torno a su frágil y dulce persona.
Pienso que sus mayores errores fueron los de querer apurar la vida que se le ofreció, y siendo reina en tiempos de ebullición e inminente revolución eso constituía un terrible error. Pero, ¿acaso su entorno la incitaba a actuar de otra manera? ¿Hasta dónde llegaba su culpa?
La banda sonora es espectacular, con unos marcados cambios de registros que van de lo clásico a lo actual que sin embargo no desentonan y que ofrecen el tono perfecto para cada escena.
En definitiva, una historia intimista centrada casi por completo en la joven María Antonieta, con una cámara acariciadora y envolvente que la sigue y graba hasta su mínimo gesto, sus anhelos, sus gustos, sus placeres, sus penas, su resignación y su entereza.
Porque ésta no es la historia de una reina. Es la historia de una jovencita que tuvo que convertirse en mujer demasiado pronto, que fue arrojada a los lobos corruptos y que supo conservar la suficiente dignidad y entereza para aceptar su devenir con la cabeza alta.