Esta película es más rara que el demonio pero tiene un poder hipnótico extraordinario: quien se deje seducir no querrá salir nunca del sueño (¿sueño?) bronco y desquiciado que nos propone Lynch, rodado con una aspereza digna de los vídeos más cutres del Youtube. Quien no caiga en las redes del rey David, no tendrá piernas suficientes para salir corriendo del cine bufando como un bisonte de las praderas.
Esta película es muy poco recomendable para los que busquen en una historia su planteamiento, nudo y desenlace porque aquí sólo hay nudo, y qué nudo, un nudo imposible de desliar, enredadísimo y desagradable como los intestinos: se puede decir que en "Inland Empire" Lynch hurga en nuestras tripas con un destornillador (esto a todo el mundo no le gustará mucho). El juguetito le dura tres horas (ahora bien, es una película casi completamente desengrasada).
He leído que el argumento se interpreta como el cumplimiento de una maldición y el desquiciamiento mental de una actriz: yo creo que esto es completamente falso (será lo que ha publicado el agente de prensa de Lynch para conseguir distribuidor). No hay ninguna realidad objetiva o histórica, nada pasa en el plano de la realidad (y, menos, la presunta historia del rodaje con ese donjuan de pacotilla y esa actriz, mezcla de Ana Duato y Anne Igartiburu). Más bien creo que Lynch lleva al extremo la idea barroca de la virtualidad de la existencia y casi diría que la alusión a Polonia es un homenaje a Calderón (ya sé que seguramente no, pero yo lo digo). Todos somos actores, la vida es un gran escenario, nunca podemos estar seguros de que lo que vivimos no es un sueño y cuando se acaba la partida nos mezclamos todos en la misma caja, la reina y el peón (o la puta). La partida no se acaba nunca y aquí, en Inland Empire, se inicia cada vez que se cruza una puerta. Las puertas no unen dos espacios contiguos sino realidades completamente ajenas (no sólo físicas). Los jugadores se convierten en actores y viceversa. Tras cada puerta hay un tablero distinto y el rol de cada personaje varía (la reina pasa a ser puta), aunque permanecen ciertos elementos y ciertas reglas. Digamos que el objetivo sigue siendo el mismo: sobrevivir y dar el jaque mate (con un destornillador).
[No me cabe más texto, lo paso al spoiler]
spoiler:
La película tiene un aire onírico y desquiciado y es una tentación interpretarla como una larga pesadilla o alucinación (ya he dicho que esto me parece un error). Además, está repleta de alusiones freudianas (la casa, el cigarrillo que perfora las telas, el destornillador, esos pasillos y escaleras astrosos, esos machos dominantes que ejercen su tiranía pero a los que se les rinde un culto fálico desesperado... A veces Inland Empire parece una versión actualizada de "La interpretación de los sueños"). Todos los objetos puntiagudos son claves que nos abren puertas y que a menudo nos conducen a la cama (de nuevo, al sueño y al sexo, al mayor del escenario de la vida).
La película es maravillosa. Me alegro de ver que Lynch se ha recuperado de la lobotomía ñoña de "Una historia verdadera" y ha recuperado el vigor (y de qué manera).
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Cines Princesa de los Madriles, primera sesión, 26/02/06. Allí estábamos Servadac y un servidor, muy contentos con nuestras nominaciones a los óscar de Dromedario (yo, como Pe, sabía que no iba a ganar nada, así que estaba muy relajado dentro de mi vestidito de Versace).
Primer obstáculo: los urinarios. ¿Pero a quién se le ocurre amontonarlos todos en un rincón tan estrechuco, en una especie de cuartucho de escobas? Para bajarse la cremallera (yo rompí un Valentino así) uno tiene que clavar el codo en la espalda de quien orina detrás. Propongo al gerente de los cines Princesa que ponga un caldero en mitad de los lavabos para que meemos en corro todos, así estaremos más desahogados.
Dentro de la sala: Servadac ya ha contado nuestros escarceos con el público femenino.
Primera discusión tras ver la película: ¿salen conejos o burros? Yo (freudiano de pro) defendía que conejitos (símbolo de lo promiscuo donde los haya, aunque estos debían de estar castrados); Servadac, siempre tan francófilo, que burros, quizá pensando en el de Buridán. Así fuimos discutiendo por la calle Princesa, a grandes voces, hasta que lo zanjé clavándole un destornillador en el testículo izquierdo.
Por cierto, Servadac ha firmado su crítica número cien. Felicidades, pata