|
El error del Emperador (y del cineasta).
Querer saber un secreto a toda costa es impúdico. Nadie fuerza a una jovencita a confesar el nombre de su enamorado; todos sabemos lo que pasa en un cuarto entre un hombre y una mujer, no pedimos detalles. Y es que, si por un giro del azar acabáramos sabiendo, jamás confesaríamos a los protagonistas que sabemos. El Emperador, sin embargo, siente la necesidad de desenmascarar el secreto.
Demostrar, sugerir, que guardamos un secreto es impúdico. Los secretos se presuponen o se intuyen, jamás salen publicados en un boletín. Dar a entender que somos custodio de uno es traicionarlo, casi como revelarlo a pesar de no haber dicho nada sobre su contenido. El ilusionista, sin embargo, siente la necesidad de desafiar al Emperador con su enigmática presencia.
Y es que estos dos hombres no se disputan la verdad, sino algo más personal, una mujer, disputa que por lo tanto corrompe la naturaleza del secreto.
Nada hay más penoso, para un espectador, que tener que contemplar un número de magia cuando ya conoce el truco (¡qué difícil es disimular!); peor aún es cuando el truco surge efecto, no nos podemos creer lo que vemos y sin embargo lo vemos, y el mago insiste, una y otra vez, en repetir el numerito: hacer ostentación de la magia es obsceno (y ya se sabe que, superada la indignación, la obscenidad aburre) ya que todos imaginamos al artista, en ropa interior, en su camerino, cosiendo el as dentro de su manga.
Las películas sobre magos suelen caer en el error de presentar la magia con regularidad (la limosna a los niños, etc.) y hasta incluso con exageración. En ‘El ilusionista’ así ocurre, ya que los naipes voladores son falaces. El error consiste en tratar de reconciliar el tono de fábula de la historia con la explicación.
Película muy distinta de ‘El truco final’, sobretodo por su tono. Salvable Edward Norton y un cierto aire de asombro que rodea a ciertos números (el de la espada), que retrotrae a la memoria las crónicas del final del siglo XIX, la era en que se creyó poder llegar a explicarlo todo.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
Ver todo
spoiler: Y como epílogo:
De la entrevista televisiva a Nabokov en ‘Apostrophes’ (1975)
“…sé que a los 10 años me apasionaban los números de magia. Yo intentaba hacer esos trucos delante de un espejo; y mi carita, pálida y seria, reflejada en el espejo, me aburría. Me ponía un antifaz negro que me daba mejor cara; pero nunca llegaba a igualar al famoso mago Mister Merlín, a quien solían invitar a las fiestas infantiles y de quien yo intentaba en vano imitar el parloteo, frívolo y engañoso, que mi manual quería que yo recitara para eclipsar mis juegos de manos. […] Pero esos estudios de escamoteo no duraron mucho. “Trágico” es un término muy fuerte, pero hay algo trágico en el incidente que me hizo abandonar esa pasión, relegar la caja al cuarto trastero con los juguetes difuntos y los títeres rotos. Una tarde de Pascua, en la última fiesta infantil del año, no pude evitar mirar por la ranura de una puerta, para ver cómo iban los preparativos que hacía el Sr. Merlín para su número en el salón. Le vi que entreabría un secreter, para meter tranquilamente, abiertamente, una flor de papel. Y la familiaridad de aquel gesto era innoble comparada con el hechizo de su arte. Yo entendía de ello, sabía qué ocultaba el frac ajado de un mago, y qué pueden hacer los magos. Ese vínculo profesional, vínculo de mala fe, me llevó a revelar a una primita mía, Mara Jevuska, en qué escondrijo hallaría la rosa que Merlín escamotearía en uno de sus trucos. En el momento crítico, la pequeña traidora, blanca y de pelo negro, indicó con el dedo el secreter, gritando: “¡Mi primo ha visto dónde la ha metido!”. Yo era muy joven, pero ya distinguía o creí distinguir la expresión atroz que contrajo las facciones del mago. Cuando abrieron el cajón que los niños señalaban entre burlas, la flor no estaba. Estaba sobre la silla de mi vecina.”
Gort 
|