|
Ahí está el detalle. Hacer que lo complejo parezca sencillo y no al revés.
Michael Cuesta ha mejorado mucho desde que dirigió L.I.E. en 2001. Para empezar, se ha dado cuenta de que, para hacer una buena película, es interesante contar con unos buenos cimientos. En su caso, un guión muy trabajado de Anthony Cipriano, debutante en el cine, aunque con experiencia previa en televisión.
También ayudan una buena dirección de actores y unos personajes verosímiles y humanos; bien definidos y llenos de matices. De nuevo, adolescentes problemáticos: un desgraciado accidente desata para cada uno de ellos diferentes cadenas de acontecimientos que se bifurcan, se enredan y desembocan en consecuencias imprevisibles. La lógica del relato es impecable e implacable. Se aprecia un aliento trágico, pero también ligeros apuntes de comedia y diversas lecturas posibles.
No hay nada gratuíto. Cada detalle es importante y enriquece la historia. Cada una de las secuencias hace avanzar la trama. Aunque el material que maneja es bastante crudo, Cuesta nos ahorra efectismos baratos (gracias) y va al grano con tres subtramas bien entrelazadas y limpias de cualquier elemento accesorio. Lo demuestra el hecho de que la película, a pesar de su complejidad y de contar muchas cosas, dure sólo hora y media.
felipe73 
|