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Inolvidable.
No recuerdo haberme emocionado tanto viendo una película desde hace años. Lo único de lo que me arrepiento es del tiempo que he tardado en verla. Pero quince años después de su estreno Un lugar en el mundo sigue manteniendo intactas todas sus virtudes.
En un primer plano, la película cuenta la historia de un geólogo español que llega a la Patagonia argentina a trabajar para el terrateniente local que además es alcalde. Una vez allí entabla relación con un familia de idealistas que sobrevivieron a la dictadura argentina, tras un exilio forzoso en España. Ellos han conseguido unir al pueblo para hacer frente común contra el alcalde.
Esta historia le permite a Adolfo Aristarain hablar de muchas otras cosas. Un lugar en el mundo habla amor, de las ilusiones perdidas, del futuro esperanzador, de solidaridad, de compromiso, de lucha, de miedo. Habla de esa pequeña porción de tierra que hemos elegido para vivir, y que es mucho más que eso. Y habla de todas estas cosas y muchas más, con un tono ligero, nada enfático, no pretende adoctrinar, solo emocionar. Y lo consigue.
Adolfo Aristarain narra la historia con sencillez y cercanía, con un estilo heredado de los grandes clásicos. Se dijo en su día que Un lugar en el mundo era como un western argentino, y la comparación no puede ser más acertada. Los paisajes, la luz, el coche de caballos, el tren, el ganado, el forastero, el terrateniente, todo aparece en esta historia. Y la música, una música maravillosa que acompaña las evocadoras imágenes.
El reparto solo puede decirse que está a la altura de la película. Ferderico Luppi se muestra duro, potente y conmovedor. Cecilia Roth es un lujo para cualquier película en la que participe, aquí vuelve a estar cercana, emocionante y profundamente carnal. Junto a ellos un estupendo José sacristán y la maravillosa Leonor Benedetto, y el chaval que es un prodigio de naturalidad.
Los momentos para el recuerdo son muchos, pero esa conversación padre-hijo hacia el final de la película es maravillosa, y por extensión toda la parte final, que alcanza unas cotas de emoción casi sublimes.
Lo bueno de todo esto es que Un lugar en el mundo no es fruto de la casualidad. Adolfo Aristarain ha seguido demostrando después que es un director como la copa de un pino.
ernesto 
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