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Títulos alternativos para Zulo
Bulo.
No pocos fueron los comentarios favorables que leí sobre el primer largometraje de Martín Ferrera antes de decidirme a visionarle. Echando la vista atrás ligeramente; cabía esperar un desarrollo efectista y frenético, pero al menos entretenido, tal y como en la totalidad de producciones de este estilo que han ido surgiendo tan prolíficamente durante los últimos años. Iluso de mí, jamás hubiese imaginado una hez de este calibre.
Nulo.
El supuesto plato fuerte, que sólo podía ser la interpretación de un protagonista prácticamente absolutista, no sólo no convence, sino que coquetea con el ridículo en más de una ocasión. No extraña que se negasen a sacarle del zulo, una vez oídos esos asexuados grititos de socorro que escupía desesperado. Huelga decir que tampoco contribuye al de por sí inexistente ambiente angustioso y claustrofóbico que se debiera haber perseguido, al igual que una música de lo más inconexa y un pulso narrativo endeble y desabrido.
Culo.
De este modo, se podría pensar que lo mejor es su escasa duración, pero nada más lejos. Su carácter -lógico por otra parte- iterativo y previsible logra que el filme resulte sorprendentemente plomizo. Así pues, sólo queda observar la lenta involución que sufre el prisionero, con efectos estelares tan agudos e inesperados como el tropiezo con su propia meada y demás desechos. Y como colofón, un final inapropiado e innecesario, muy al uso en la industria cinematográfica de un tiempo a esta parte.
Windom Earle 
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