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Creando silencio interior
Para una mente apresurada, la propia del hombre moderno, esta película podría condensarse en cinco minutos. Pero los ciclos que una y otra vez se repiten en la película, con la madre naturaleza como única fuente de efectos sonoros, consiguen que en el espectador se cree una especie de silencio interior, que hace que permanezca atento a cada detalle que se muestra por pantalla.
Es un silencio interior fecundo, que permite intuir el porqué de que esos hombres se encierren de por vida en un monasterio con una regla, la de San Bruno, que pasa por ser de las más exigentes. Creo que es una experiencia enriquecedora, incluso para los no creyentes.
Para mí, lo más destacado son los planos fijos en los que el director usa un granulado bien grueso, que hace que los paisajes y los recodos de las casas se vean muy texturizados, con otros ojos, ¿con ojos de silencio quizá?
Francesc 
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