A mediados de los 70 Lester tuvo la osadía de arrancarle la perilla a Errol Flynn y entregarle a James Bond las entrañas de Robin de Locksley.
Le obligó a trepar murallas de verdad; le obligó a resoplar como un oso mientras luchaba con la consecuente tosquedad de un sexagenario; le obligó a exhibir impúdicamente calva, nalgas y michelines; le obligó a reavivar el fuego de una pasión nunca extinguida; le obligó a mostrarse entrañablemente ridículo y, por si fuera poco,...
spoiler:
...le obligó a morir postrado en el camastro de un convento, lejos del fragor de la batalla.
Sin embargo, Lester no destripó al mito. Lo humanizó.