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De acomodos y burgueses
No debería sorprender ya, pero sorprende. A menudo se estrenan películas, por lo menos dos o tres veces al año, que adquieren una dimensión inesperada (y exagerada) de la manera más imprevista. Pasó con Crash, ganadora del Oscar de 2005 a la mejor película, pasó con El viento que mueve la cebada, que se alzó con la palma de oro en Cannes, con el beneplácito de un jurado apático presidido por Wong-Kar-Wai y a pasa ahora con la película alemana de moda, La vida de los otros, que derrotó a la obra maestra de Guillermo del Toro El laberinto del Fauno, en la competición por la estatuilla dorada en la categoría de mejor película extranjera. Cierto es que La vida de los otros es una película agradable de ver, de escuchar y comentar a la salida del cine con hielo en la copa en animada e intrascendente tertulia. Nada rechina especialmente, tampoco nada destaca, se ve con la misma pulcritud y limpieza de horizonte que un desierto. Cierto es también que si nos sumergimos más allá de lo aparente, las cosas comienzan a ser menos agradables. Empezando por su contenido artístico que se puede declarar como romo, ni la dirección, ni la fotografía, ni la banda sonora ni siquiera su buen, pulcro y aceptable guión destacan en mayor medida. Comete un error grave, muy grave, de narración hacia el final de su metraje, en el que su realizador (el novel Florian Henckel-Donnersmarck) demuestra su incosistencia e inseguridad como narrador, alargando una historia que ya debía de haberse cortado tiempo atrás. Claro que es una película agradable y eso debería de llegarnos. Es una película "con mensaje" trata un tema duro, tiene drama, unas diestras pinceladas de comedia (probablemente las mejor dadas del lienzo) pero sin el contrapunto dramático que hace brillar esos momentos (lejos, muy lejos de la verdadera esencia que se oculta detrás de ellos, una obra para saber de que estamos hablando Hijos de los Hombres, Alfonso Cuarón y sus cigüeñas).
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Lo que verdaderamente pasa es más duro, seco y difícil de asumir por cada uno de nosotros. ¿Se han preguntado espectadores que condena a obras como Hijos de los hombres, Munich o El buen pastor al olvido por parte de nuestras salas? ¿Por qué nos sentimos más comodos en esta película, que no nos cuenta demasiado, que en aquellas producciones con verdadera hondura y dureza? La respuesta es simple y clara, por que nos es más cómodo. Ante los miedos de esa lejana, pero presente inestabilidad política global en los países que menos tienen, inestabilidad que engendra miedo e indefensión ante lo que poseemos, el mundo occidental tiende a esconder la cabeza en el caparazón y oír la lluvia desde dentro. No todos claro, pensamos así, pero poco importa los signos de alarma ante la abulia colectiva e incapacidad para ser conscientes de que nuestro grado de dejadez, tanto en lo cultural como en lo moral, nos está impidiendo ver el fuego que nos anuncian entre el humo artistas como Spielberg, Cuarón, Scorsese, De niro o Eastwood, mensajes de suma importancia por su urgencia, pero que no escuchamos. Estamos mucho más comodos aquí, ocupándonos de nuestra vida, de la de los otros ya habrá quienes deseen ocuparse.
Niccólito 
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