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Vivir para la felicidad y no para la miseria ajena
Una obra de arte fundamental, clave, no ya del Séptimo Arte, sino del Arte en general, de la historia del siglo XX en general. Mal montada, con un humor burdo que abusa del recurso fácil de golpes, caídas y demás para crear situaciones cómicas y llena de defectos (como el hecho de que en las calles de Tomania uno se pueda encontrar letreros en esperanto, inglés y pseudo-alemán), a pesar de todo ello, y ahí está la magia de esta película, es una verdadera obra maestra por la época en que se hizo (1940, en plena II Guerra Mundial), por lo abiertamente y sin tapujos que se ridiculiza a un régimen brutal y despiadado que entonces aún estaba en pleno apogeo y con posibilidades de hacer realidad los mil años de nacionalsocialismo prometidos por Hitler y sobre todo, muy sobre todo, por ese desgarradoramente bello alegato final por la libertad de los hombres, inocente, sí, demasiado idealista y almibarado, sí, pero... ¿a quién no le ha dado un vuelco el corazón escuchándolo?
Buñuelesco 
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