Fui con mis padres al estreno de Madrid.
Real Cinema, en frente del Teatro de la Ópera, cuando aún estaba en esa misma plaza de Isabel II el Conservatorio Superior (que ahora está en Atocha, al lado del Reina Sofía).
Todo tan regio, tan real.
Entre las brumas de la década de los setenta, recuerdo los minutos de una cola interminable. Nos sentamos al fondo de la sala, en el piso de arriba, con el respaldo casi en la pared.
La oscuridad. La luz del proyector a mi derecha...
spoiler:
Estuve allí.
Temí a Darth Vader. Corrí por el desierto. Fui golpeado por el morador de las arenas. Hui de los soldados del Imperio a bordo de la nave de Han Solo.
Me enamoré de la princesa Leia Organa. Adoré las ensaimadas de su pelo. Salté al hiperespacio.
Presencié la entrega de Obi-Wan.
He sido Luke Caminacielos.
Sí, amigos. Soy yo quien destrozó la Estrella de la Muerte.
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Y todo en dos horitas.
Y todo gracias a mis padres.
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Como dice Nuwanda, que sean otros los que juzguen.