Ridley Scott dirigió una de las mejores películas de ciencia-ficción que han sido realizadas. Sin duda una joya cinematográfica que marcó un antes y un después en el género; y que sobretodo, creó un referente fílmico que le otorgó el honor de haber sido copiado (más o menos descarado bajo el disfraz de homenaje) por multitud de películas.
Cinta llena de un romanticismo decrépito con la que William Blake se hubiera relamido de satisfacción. Todo en ello es casi perfecto: Vangelis poniendo una banda sonora que entona a la perfección con las imágenes que acompaña, la claustrofóbica fotografía de Jordan Cronenweth, las asombrosas y conmovedoras interpretaciones de sus actores, la sutil y sencilla dirección de Ridley Scott, lo que se dice y no se dice en su maravilloso guión… que cuenta además con uno de los mejores finales de la historia del celuloide, y eso… eso es decir mucho.
spoiler:
Dotada de una vigencia imperdurable, porque como dice Harrison Ford al final de la cinta, al fin y al cabo, “todo lo que el quería eran las mismas respuestas que todos buscamos: ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Cuánto tiempo me queda?”