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La magia de un rostro
Un cuadro de una mujer abre la película. El rostro de esa mujer es dulce, misterioso, sensual, atrayente, fascinador. Ella no está presente, pero está. El rostro de los tres personajes, sus miradas, lo que dicen; todo está orquestado en torno a esa mágica mujer. Pero esa mujer, como siempre mandan los cánones de este maravilloso género, lleva consigo la perdición. Y la perdición se llama Laura.
Dana Andrews, detective que investiga la muerte de la mujer; Clifton Webb, cínico escritor, encoñado hasta el infinito de Laura; y Vincent Price, su prometido. A partir de la premisa, la película disecciona a los personajes mostrando su lado más infame, los hace partícipes de un juego absurdo de humillaciones, mentiras, asesinatos.
Lo que hace grande a Laura es, sin duda, la magia que se capta desde el primer fotograma. Es una magia inexplicable, que suele tener el cine clásico, una magia absorbente que vuelve fascinante todo lo que toca. No sé cómo se plasma, pero siempre está presente en el gran cine. Sin embargo, aunque el film sea dueño de esta imprescindible magia, creo que se debe en su gran mayoría a Gene Tierney sobre todo, a un notable guión y al resto del reparto, pero no a la dirección.
La dirección de Preminger es hábil, ágil, pero no interpreta esa magia hasta los extremos geniales a los que llegaba el cine negro de su época. Preminger cumple con creces, pero me gustaría que hubiese sido más virtuoso, algo más fascinador con la utilización del cuadro o puntos clave de la trama, no dejando casi todo el peso a los actores o al guión. Aún así, es una gran película, magistral, subyugadora, fascinante.
GVD 
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