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¡Montonero!
Desde el sutil misterio que provoca el porqué Buñuel parece dar importancia a detalles que nada tienen que ver con la trama, salvo una posible descripción del costumbrismo regional (los perros atados con cuerda al carro) o la inmersión en una personalidad contrastada (Rey salvando a la abeja), hasta las burdas imágenes sueltas que menos aún conectan con el argumento, salvo para resaltar lo evidente (el ratón cazado) o recrearse con descaro (la foto en la última cena), Buñuel crea, a partir una secuencia disparatada de imágenes gamberras (la vaca y la leche), macabras (la niña jugando bajo el árbol) u osadas (la navaja crucifijo), que nada tienen que ver unas con otras, más bien parece que carecen de conexión, una historia sólida, libre y tensa. No hace falta decir que hay que tener un instinto cinematográfico descomunal para dar homogeneidad a semejante disparate y fluidez a un argumento tan llano como un camino de cabras.
Tampoco hace falta mentar, mas lo mento, que la gama de intérpretes que participan en el esperpento es una de las mejores de la historia del cine universal. Lo de Don Francisco Rabal es inhumano.
Durante la práctica totalidad del metraje se puede leer entre líneas, buscar tres pies al gato y pensar mal. Cada escena tiene una doble lectura. El final, más de dos. Y desconozco si la partida es un homenaje al maravilloso final de El Apartamento, rodada un año antes, pero desde luego que está como poco a su misma altura, y es un cierre perfecto para una tarde de feria destroyer que critica al aristócrata y al indigente, pone en evidencia al perverso y al santurrón, saca los colores al laico y al religioso, obliga a la mirada sucia (salvaje el erotismo de Silvia desmelenada), incita a la perversión y convence al indeciso de lo retorcido de nuestra especie.
Brutal segundo por segundo. Tan satánica como celestial. Para vérsela mil veces.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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Sines Crupulos 
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