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La mirada de Lang
El director alemán Fritz Lang de nuevo nos sumerge en su mundo, que es lo más parecido a la vida real que ha dado el cine. Y me refiero a que los personajes son reales, no que en la película no ocurra nada, que es la habitual confusión que suele tener mucha gente. Para Lang no hay malos ni buenos: todos estamos hechos de la misma pasta, y no precisamente de buena pasta; el molde en el que nos formamos es deforme por naturaleza. A ello se le añade el devenir imperturbable de la vida que consigue que nos convirtamos en peores sujetos, si cabe; y siempre cabe.
Lang no siente mucho amor por el ser humano, pero lo entiende como nadie. Sabe que lo que nos mueve no es el dinero ni el amor: es la codicia. Sabe que el deseo es en gran parte codicia... y el amor, claro. El dinero sólo es el medio del que nos valemos para conseguir lo que queremos y en esta peli queda reflejado como en casi ninguna.
Cierto es que quizás no sea tan buena como sus obras maestras "La mujer del cuadro", "Furia", "M" y la soberbia "Notorius", pero es posiblemente la que mejor le representa, ya que hace caso omiso a la historia, poco hollywodiense, y se centra en unos personajes más parecidos a los que se sientan en la butaca de al lado que a los estereotipos habituales.
En mi opinión, es su dura crudeza, su crueldad con los personajes, lo que le impide a este film ser una obra maestra: se aparta del hábito cinematográfico para conseguir el retrato perfecto, lo cual nos deja una película magistral, pero difícil de ver. ¡Pero es absolutamente recomendable, eh! Yo es que me hago viejo...
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Lo que en apariencia es una historia sencilla se desenvuelve con inusitada complejidad. Grahame es una víctima. Una víctima de un mundo de hombres y de si misma, de su ambición, de su belleza. Ford, que parece el único decente, actúa, en un momento dado, dejando de lado su codicia (porque desea a Grahame nada más verla, sin importarle que sea la mujer de un compañero) y sigue con su vida como si nada. Excepcional la última escena, observando el ticket para un baile, símbolo del amor que otra mujer siente por el. Acto seguido se ven escenas de trenes que vienen y van: la vida sigue... para algunos, porque el matrimonio ya no tiene ningún futuro. El complejo papel de Crawford, que está soberbio como siempre, llena la pantalla de forma que ni Glenn Ford Ni Gloria Grahame hubiesen podido, tanto por portento físico como por profundidad. Es de los pocos borrachos creíbles del cine de aquella época, a los que les ocurría como a los gays no hace mucho: se les banalizaba hasta la parodia.
capdecanoa 
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