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Mel Gibson debe estar planeando una especie de ciclo sobre las grandes conquistas del cristianismo, empresa mastodóntica similar a dedicar un álbum a todos los estados de norteamérica, como pretende Sufjan Stevens, o crear casi dos mil comedias, como Lope de Vega. Gibson es mejor y más santo todavía: primero La Pasión de Cristo (léase mi "Jesucristo de metalurgia") y años más tarde Apocalypto, que narra sesgada, particular y circunstancialmente el declive de las culturas denominadas con autolatría precolombinas. A la espera, tal vez, de una cinta épica sobre Pablo de Tarso cayendo del caballo, Hernán Cortés matando a Moctezuma, León XIII ingiriendo más drogas que GG Allin, o Pío XII apoyando la causa nazi, Apocalypto justifica que ese puñado de hombres y mujeres primitivos merecían morir, apoyado en una frase de Will Dumont. Haciendo honor a aquella expresión de "las cañas se convierten en dagas", las guerras sobre la autonomía de los Salvajes están por encima de la dominación de la naturaleza y los espíritus que sacerdotes y feligreses importaban de la mugrienta Europa. Pero a Gibson sólo le interesa pintar al caníbal como un sádico, una suerte de predador que pide a gritos ser disciplinado. Debería venderse junto a 300 como muestra de la idiocia civilizada.