|
Un hombre. Un desierto.
Caminas. Estás solo, crees. Tampoco miras a los lados para comprobarlo. El viento incrusta granos de arena en los pómulos, algunas ráfagas duelen, otras no. Notas un pinchazo. Quizás sea el cansancio, quizás un ligamento agrietado, quizás te estés desangrando por una pierna. Lo que sea... Sigues. Andas. Caminas. Gorra sucia, camisa sucia, pantalones sucios. Intentas organizarte un poco; tres pasos rápidos, cuatro lentos. Mover los brazos con ritmo también. No cansarte demasiado, sería horroroso no llegar en condiciones a ninguna parte. Caminas. Andas. Esquivas una piedra.
Guiñas los ojos mirando hacia arriba. El sol te abrasa, quema mucho en el desierto. Lo miras directamente pero con los ojos cerrados y, a través del filtro de los párpados, ves una enorme bola negra que se derrama en tus cuencas sorteando la visera de tu gorra sucia y ablandando tu cara sucia. Se cruza algo en tu camino. Parece, no puedes asegurarlo, un ser vivo. Avanza a cuatro patas. Es entonces cuando crees recordar a los perros. Te agachas, coges un puñado de arena y te lo metes en la boca. Sigues teniendo sed, parece claro. La arena no es para beber, estás casi seguro de ello. Te lames el brazo, está mojado y tiene sabor. Alivia. Le ofreces el brazo al perro para que lo chupe también. Generosidad, murmuras, así lo llamaban.
Una máquina se detiene, de ella baja alguien y dice algo. Entonces recuerdas poco a poco, chapoteando en un reguero de imágenes lacias, que toman forma al ritmo de las palabras. Era un perro sí, aquello era un perro. No cabe duda ya. Y éste es tu hermano que te lleva de regreso, siguiendo tus propios pasos. Vas en coche, bendito sea dios. Esto es un coche.
Quizás te den otra oportunidad. Esto tiene toda la pinta de ser una segunda oportunidad.
Bloomsday 
|