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Más de lo mismo y peor.
Brian de Palma parece ser que está agotado: no encuentra una historia original y parece no poder limitarse a contarla como es debido, apremiado por la acelerada modernidad. Se acomoda tratando de buscar un efecto distinto con cámaras que filman cámaras, pantallas de internet, y que otros cuenten la historia por él. El rebuscado artilugio funciona solamente como pantalla, como elástico, para tapar, por un lado el vacío de una hecho mínimo como para rodar una película, y por otro, estirarlo para poder rodarla; y para colmo trillado, remanido: el "nuevo Vietman" en ínfima escala junto a la seudoconciencia bélica yankie, harto conocida, y sus "sentimientos de culpa" de postguerra que dicen: "Lo hicimos pero no queríamos y ahora somos justos y lo condenamos". El verso de siempre. Lo triste es que de Palma se anota como otros tantos directores y agarra el tema para demostrar que con su ingenio, talento y experiencia puede convertir un deshecho conocido, manoseado a más no poder, en una obra maestra de Hollywood, refugiándose en la denuncia de una suceso verídico y que con eso tendrá bastante para que se la acepté como venga. Fracasa, mucho y mal. Ni siquiera lo salva el hecho de acercarse a lo testimonial. No tiene material y lo que dice es tan viejo como Matusalen. Un sano consejo para el público: no hay nada que ver. Y otro para de Palma: que se llame a recogimiento, que se tome su tiempo para pensar y que después vea que es lo que puede volver a hacer.
svir 
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