|
VACÍO REVITALIZADOR
El futuro del cine norteamericano está firmemente asegurado con un nuevo talento.
Olvidada ya su interpretación en El padrino III (que a última hora rechazó Winona Ryder), más desacertada que desastrosa, la hija de Francis Ford Coppola debutó en la dirección con Las vírgenes suicidas, una crítica contra los prejuicios sociales heredados por el excesivo puritanismo estadounidense, y el retrato de una adolescencia atrapada entre las dudas propias de la edad y la incomprensión por parte de sus padres. Una extraña poética se intuía ya entonces que ahora ha sido remarcada con su segundo trabajo, Lost in translation.
Como sabiamente apuntó Baudelaire en el siglo XIX, el ritmo al que se transforma la sociedad es tal, que acabará superando la propia capacidad de adaptación del ser humano. Harris y Charlotte se encuentran en este estado, y el hecho de hallarse en una ciudad y una cultura tan desconocidas para ellos, ayudará al acercamiento mutuo de estas dos almas aparentemente tan distintas: Harris es un actor de cine americano en declive que viaja a Japón para rodar el spot publicitario de una marca de whisky; Charlotte es una licenciada en filosofía que acompaña a su marido, fotógrafo absorbido por su trabajo. Y aunque en distintas etapas, ambos comparten la falta de optimismo, entusiasmo y aliento interior necesarios para afrontar la rutina, sus respectivas crisis de madurez, apatía y búsqueda de sentido.
Es cierto que Soffia Coppola todavía presenta dudas respecto al tempo narrativo, y que tal vez abuse de cierta reiteración, pero también es indudable que nos encontramos ante un talento inasible, que ha aprendido los secretos de la sutileza para fabricar un producto digno de la contracultura. El armonioso sincretismo derivado de la fusión tradicional y moderna que supone Tokio, se convierte en el tercer protagonista de una historia jalonada por una desorientación melancólica cuya descripción se torna en única narración cinematográfica. Salpicada de instantes en los que los silencios se vuelven más elocuentes que las palabras (encuentros en el ascensor, el bar, la piscina o el hall), la fotografía y la música sabiamente emparejadas, y la pareja protagonista en inolvidable torrente de química, lo que queda es una emoción inexplicable de estar ante una historia intimista, moderna y modernista, en la que la diáfana y sugestiva verdad bastan para encandilar al más exquisito de los cinéfilos.
Una conversación sobre la cama finalizada por una caricia furtiva, un tema de karaoke, un final inolvidable (con el “Just like honey” de Jesus & Mary Chain), instantáneas que Ozu y Wenders admirarían, y que son el resultado de una relación especial llevada al límite en la que la amistad se revela como el único valor indispensable para salvar los escollos que la vida nos entrega con todos sus matices. Un naufragio existencial que revela la imperfección del ser humano, una sucesión de tiempos muertos sobre la necesidad de amar. Irrepetible.
La Maga 
|