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El principio del final
El viento, hasta entonces adormecido, sopló con todas sus fuerzas. El sombrero se separó de su dueño, planeando sobre las tristes hojas caídas por la llegada del otoño. El bosque silencioso, de árboles contemplativos, ocultaba el cielo despejado. Se adentró a buscarlo. No había caminado ni diez metros cuando sintió la presión del cañón de una pistola en la espalda. Decidió no mirar ni preguntar. Siguió caminando. Con paso ligero y lágrimas en los ojos se había dirigido al final del camino.
Él, el film contemporáneo de cine negro sin aroma clásico, sin perdedores seductores ni hábiles de la palabra, sin estafadores presumidos ni admirable ironía, sin gabardinas ni corbatas alisadas, sin puros de primera clase ni planes interesados, iba a morir. Se volvió, y allí estaban, con sombreros distinguidos y trajes impolutos, sin pestañear: Ethan y Joel. Eran inmunes al gimoteo del aire y las miradas suplicantes. Dispararon sin temblor y con precisión, al corazón y a la cabeza. “Muerte entre las flores” sólo acababa de comenzar.
Dromedario 
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