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Una de las cumbres del terror
He aquí uno de los títulos míticos de la historia del séptimo arte, aquellos que han trascendido más allá de su propia leyenda (o quizá por eso mismo). Es, ateniéndonos a la época en que fue concebida y proyectada, un filme arriesgado y valiente, una suerte de locura capaz de no mostrar piedad frente a los censores imperantes del momento, y de crear planos de desbordante crudeza perturbadora que aún hoy, en tiempos de (llamémoslo) cierta insensibilidad hacia la violencia, consiguen producir potentes escalofríos.
Es una película que dosifica magistralmente los momentos de tensión en un envidiable 'in crecendo', pero que se eleva por encima de cualquier otra película del género gracias a la magnífica correlación entre las dos vertientes que muestra: la dramática y la terrorífica. Logra pulir sus personajes hasta hacerlos indispensables (e inolvidables) para el espectador, y eso ya es, por sí solo, merecedor de mil elogios.
El suspense que domina la cinta es abrumador, sabiamente narrada con un delicioso sosiego poco habitual en la mayoría de las películas del género y alejada de cualquier absurda estridencia. Lo que aquí abunda es el terror puro y duro, el que no necesita coartadas de ningún tipo. Es el miedo que no se olvida, el que logra imprimir imágenes en la memoria (ya sea una cabeza que gira 360º, una vieja montada en un carruaje o el rostro de una inocente manchada por el mal).
Es, sencillamente, una película que se ha ganado un hueco en la historia del cine, una traumática experiencia cinematográfica que perdura en la memoria y de la que siempre se quiere repetir.
Para mí, es uno de los emblemas de mi amado género de terror, una de las mejores películas terroríficas jamás filmadas.
PD: como mero apunte personal, la versión moderna del director sólo añade (prácticamente) más efectillos insustanciales y totalmente prescindibles.
Sarasa 
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