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Es de tebeo
Blackheart y sus acólitos, conocidos por Los Ocultos, son ángeles caídos que pugnan por arrebatar el infierno al mismísimo Mefistófeles. Pero el maligno cuenta con un as en la manga, el Motorista Fantasma. Por la noche es una calavera motera muy fogosa en su lucha contra seres perversos, una especie de cazarrecompensas demoniaco. Pero por el día es un motero calavera, JB para los amigos, obsesionado con los libros de “religiosidad comparativa exponencial” (sic) y al que Nicolas Cage presta su careto más turulato.
Ghost Rider es la típica apuesta segura de Hollywood en la que prima la espectacularidad ante todo. Eso sí, una espectacularidad como de andar por casa, aquél mínimo necesario al que el espectador está ya acostumbrado con productos de este calibre: acción ralentizada, cámara subjetiva, panorámicas circulares y mucho, mucho efecto visual digital a ritmo de música heavy y rock sureño. Quedan sin desarrollar meros apuntes sobre el mito de la bella y la bestia, sobre los peligros de la fama, sobre la leve línea que separa al bien del mal… Afortunadamente, la película no cae en el ridículo en (casi) ninguna escena gracias a una infrecuente cualidad: en ningún momento se toma a sí misma en serio. Aunque, por desgracia, suele recurrir al tópico o a la parodia; tomése como ejemplo la escena en la que Johnny Blaze se enfrenta al reto de su mayor salto en moto. Cuando hacen su entrada seis impresionantes helicópteros militares, ¿adivinan qué música suena? Exacto, La cabalgata de Las Walkirias.
Kick'Em Ars 
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