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La infame paradoja de una hermosa senectud
Pese a que Sarah Polley siempre habrá de sobrellevar ese tremendo lastre que supone haber sido una de las actrices fetiche de Isabel Coixet, considero que su debut ante las cámaras supera ampliamente el aprobado.
No me molesta en absoluto que su primera peli peque de lenta ni de que le sobre metraje (supongo que, con algo más de experiencia, Polley sería capaz de contar lo mismo con veinte o treinta minutos menos). Tampoco me fastidia en demasía que la peli delate el influjo de su mentora ni que su desenlace sea, a priori, demasiado complaciente. Todo ello se lo tolero porque sospecho que tras esos traspiés de principiante se esconde una cineasta con mucho que contar. Tal vez me equivoque. Tal vez no. En cualquier caso, su próximo film nos puede sacar de dudas.
Me ha gustado la propuesta de Polley porque es valiente y arriesgada. El drama del alzheimer es un tema peliagudo y esquivar el sentimentalismo hueco o el tono docudramático no debe resultar fácil cuando no se tienen demasiadas tablas. Polley se mantiene firme en su modestia y consigue trasladar a su cinta un aire sereno, intimista, para introducirnos con bastante temple en ese terrible proceso degenerativo que destroza la mente de quien lo padece y los corazones de quienes comparten su declive.
Bien es cierto que el affaire entre Fiona y su compañero de residencia se aguanta por los pelos, y que la confusa actitud del personaje interpretado por Olympia Dukakis aporta más bien poco al cómputo global. Sin embargo, la historia de amor entre Fiona y Grant y, sobre todo, esa entrañable conversación en el coche minutos antes de ingresar en Meadow Lake, es francamente madura y hermosa.
Tal vez seis estrellitas hubiera sido la puntuación más objetiva, pero la interpretación de Julie Christie, con esa luminosa y ‘hermosísima senectud’ (David Bernal), bien vale otra estrellita de propina. Notable.
Taylor 
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