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Do not forsake me, oh my darling!
Un héroe sufriente, casi desencajado, sudoroso, en un pueblo carente de valor y pobre de valores (con alguna honrosa excepción políticamente correcta: el sacerdote, el adolescente ingenuo, el tuerto de taberna, para darle un toque de grandeza al ser más aparentemente alejado de lo heroico, y, claro, la propia mujer, espoleada por la ex amante y capaz de traicionar sus más íntimas convicciones por amor, ¡qué bonito!). Lo mejor: la estampa de Gary Cooper recorriendo las calles en busca de ayuda, rodeado de relojes y destilando, gota a gota, cada segundo de tiempo real en celuloide; la grúa que se aleja, recorriendo el camino que va del primer plano a la más completa soledad del marshall, minúsculo en el centro del poblado. Un recurso genial de tan sencillo. Lo peor: el irritante soniquete de la canción original, multipremiada e insufrible, que dificulta la respiración de la película a golpe de tambor. Toda la trama descansa en un implacable crescendo que se carga de sentido en el momento culminante, que no es, para mí, el del tiroteo (rodado con una clara voluntad de describir una lucha callejera sin concesiones, en la que todo vale, incluso los disparos por la espalda, sin abuso de primeros planos ni tópicas escenas de "¡a ver quién desenfunda más rápido, forastero!"), sino aquel en el que el sheriff arroja la estrella delante de sus conciudadanos. El héroe, humanísimo -quizá no tanto. El cobarde colectivo. Y, sobre todo, un esplendoroso Gary Cooper, que está en los cielos.
Servadac 
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