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Paul y Robert en el Oeste.
Nunca una pareja de actores, había estado tan acertada en la gran pantalla, como la que forman Paul Newman y Robert Redford en “Dos hombres y un destino”. Quizá ha habido otras parejas mucho más célebres, pero también, quizá el éxito de ésta, radique en la breve colaboración que han mantenido ambos a lo largo de su carrera (sólo han trabajado juntos en el “western” ya nombrado, y en la célebre “El Golpe”, del mismo director que la anterior). Se suele decir que “lo bueno, si es breve, dos veces bueno”; pues bien, este debe ser el secreto de ambos, aunque cuesta explicarse, cómo dos actores con tan buena química, han rehusado trabajar juntos en más ocasiones.
La cinta es una incursión en el género, de un director que no se caracteriza por este tipo de películas (George Roy Hill). Y es una incursión, que se salda con muy buena nota por diversos motivos. El primero de ellos es la fotografía de la película; pocas películas (sean del género que sean), quedan tan estrechamente asociadas a su estilo fotográfico, como “Dos hombres y un destino”. Es una textura de imagen, que sentará precedente, y será patrimonio de la década de los setenta, peculiarizando multitud de filmes de estos años. La originalidad del tratamiento fotográfico queda patente en la utilización del ocre como color dominante en el inicio de la película, y su paso al color en una transición que prácticamente no se advierte por el espectador.
Otra de las razones que apoyan la calidad de la cinta, es la banda sonora (elemento característico del cine de Roy Hill), que está en concordancia con el desenfado y optimismo, aún en la adversidad, que muestran los protagonistas de la historia. Es una sintonía de felicidad, pero de una felicidad melancólica en cierto modo, pues sirve de telón de fondo para una historia de fuga, de huida desesperada ante la incesante persecución de los comisarios, que no pararán hasta poner con sus propias manos (o con sus propias balas) el punto final a las vivencias de ambos.
Pero sobre todo, el largometraje se caracteriza por estar protagonizado por dos grandes de la interpretación. Paul Newman ya lo era, y Robert Redford (casi desconocido en esta época) estaba ganándose el respeto necesario para llegar a serlo. En la película, ciertamente son el complemento perfecto; la sonrisa de Newman, y el gesto serio de Redford; la picardía del primero, y la rapidez con el revólver del segundo; el carisma de Butch y la imponente serenidad de Sundance. Ambos, siempre inseparables, caminan juntos (acompañados de una jovencita enamorada, en cierta manera, de los dos), hacia un destino que conocen, que saben cercano, y que, a pesar de creer haberlo eludido en algún tramo del relato, aceptan con un coraje y una valentía, de un evidente tono épico, digno de la mejor de las tragedias clásicas.
Josey Wales 
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