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Un "Te doy mis ojos" eterno.
Me ha maravillado la capacidad de Ang Lee de dotar este film de diferentes niveles de lectura que pueden pasar desapercibidos y que sin embargo están expuestos a plena luz, con absoluta claridad.
"Deseo, peligro" funciona medianamente bien como melodrama y como "thriller". Hay consenso en que se trata de una película de corte clásico. Supongo que la ambientación contribuye a eso, así como la sinopsis del argumento.
Vista la película como una historia de "amour fou" resultará insatisfactoria, porque pesará demasiado el "thriller" (y hasta sobraría el primer tercio del film) y habría un inexplicable desequlibrio entre los dos protagonistas.
Y vista como un "thriller" de espias se deben hacer insoportables, por innecesarios, al menos 50 minutos de metraje que no aportan nada significativo a la trama.
Y sin embargo hay otra historia. Una historia muy dolorosa. Y oculta. Oculta, tapada, sórdida y encubierta por propios y extraños desde hace cientos de años. Una historia que a pesar de que hoy día sale con frecuencia en los medios de comunicación continúa sin ser admitida por la vergüenza que da. Ang Lee intenta mostrarnoslo como en uno de esos juegos de óptica de punto ciego: sólo la podemos atisbar cuando no la miramos directamente.
La historia de una mujer maltratada, de la violencia contra las mujeres, de la violencia de género, de la cosificación de la mujer.
Esa es la historia que vertebra todo el film, desde el primer hasta el último fotograma, que se va enhebrando con detalles triviales e irrelevantes para la trama, pero imprescindibles para que eche a volar por encima de todo lo demás la historia de Wong Chia Chi y de millones de mujeres. La biografía de una típica mujer víctima de todo tipo de abusos.
Todo está ahí. Los arquetipos y situaciones comunes a tantas historias: abandonos familiares, penurias, individuos aprovechados o que miran a otro lado, violaciones que pretenden pasar por sexo consentido (a la fuerza), más obediencia a los diferentes hombres del entorno, más violaciones, más coacciones y la trampa mortal de los sentimientos y la compasión con el típico maltratador, mezquino, cruel, miserable y desdichado maltratador.
Y todo con la connivencia del resto de la sociedad. Y hasta del espectador, que, casi siempre, cree estar viendo una rara y apasionada historia de amor…
Gracias, Ang Lee, por ponernos delante del espejo.
Gastón 
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