El típico cuñado pesado que se ha comprado una cámara digital se extravía en la comunión del sobrino y se queda un año en una cartuja, espiando a los monjes con su tomavistas y tomando planos (que él considera muy poéticos) de la lluvia, la nieve, los arbolitos y a veces de los rostros de los monjes. Este es el resumen que puedo hacer de esta película (lo del cuñado es para explicar la perspectiva que toma el señor Gröning respecto a lo que rueda). Al principio parece que quiere rodar una versión casera y sin crímenes de "El nombre de la rosa", con su monasterio en las montañas, su ciego, sus monjes calvitos y barbados, pero todo se queda en un ¿documental? (por dar algún nombre a lo que en realidad es un amontonamiento informe de imágenes inconexas y desvertebradas sobre la vida de clausura). Como documento de la vida monástica es bastante pobre, lioso y muy superficial. Si este fuera el único testimonio del que dispusieran los historiadores del futuro dirían que los monjes eran personas muy raras que se pasan el día haciendo cosas absurdas, pendientes del reloj y de los campanazos, van corriendo a todas partes -además todos renquean-, se dedican al bricolaje sin mucho esmero, a encender y apagar luces como niños, lo tienen todo manga por hombro, poca afición a la higiene y se aburren bastante. La cámara siempre se queda en el exterior de la cabeza y el corazón de los cartujos, su mirada es completamente ajena. No entiendo muy bien qué pretendía el director: huye de lo psicológico, de lo narrativo, de lo informativo... yo diría que su único interés es el paisajístico. En realidad no le interesa la vida espiritual o contemplativa, sino el paso de las estaciones: le atrae más el clima que la liturgia.
El estilo de la película es muy variado, dentro de su aire amateur y chapucero. A veces las imágenes parecen de "El proyecto de la bruja de Blair", otras tienen la calidad de las de la llegada del hombre a la luna y las más parecen cualquier secuela del Dogma danés (sin desnudos ni escenitas sexuales, por desgracia).
spoiler:
"El gran silencio" se titula esto: bueno, lo del silencio es relativo. Las salas del cine Renoir-Princesa de Madrid (donde yo vi la película) están mal insonorizadas, con lo que se escucha todo el tiempo la banda sonora de la película de al lado. Es falso también que no haya diálogos: hombre, no es precisamente una película de Woody Allen, pero tampoco están callados estos cartujos (para lo que dicen, mejor que no abrieran la boca, porque sus charlas son de sonrojo, tanta meditación para eso). En la cartuja esta, además, todo cruje, chirría, retumba y hace ruido: urge comprar a estos monjes un poco de aceite para engrasar las puertas y las ruedas de los carritos.
Me hizo gracia comprobar que uno se va a la cartuja a apartarse del mundo y resulta que (al menos el prior) acaba con la mesa llena de facturas, como un ejecutivo cualquiera (seguro que es un tiburón de las finanzas y especula con la producción del chartreuse como la OPEP con el petróleo). Por otra parte, san Bruno les dice que beban de los manantiales y luego compran agua mineral embotellada (por no hablar de las frutas con pegatinas, a ver de dónde salen: esta comunidad me parece muy poco autárquica, la verdad).
En mi sesión el público (compuesto en buena medida por monjas, curas y filoclericales) se echó grandes siestas. A mí, pese a todo lo dicho, me gustó la película: no deja de ser una rareza muy valiente, alejada de lo que normalmente se estrena en las pantallas, que nos habla de una realidad muy interesante y oculta. Pero no creo que sea una gran película, ni mucho menos. Aunque a alguno le pueda extrañar esta clasificación, para mí esto es un ejemplo de cine ligero y de verdadero entretenimiento (las películas del agente 007 en cualquiera de sus encarnaciones son infinitamente más complejas y aburridas).