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OBRA MAESTRA
No resulta complicado comprender la idolatría que ha despertado esta película a lo largo de los años, desde su estreno en 1954. No se necesita ser demasiado entendido en la materia para caer en la cuenta de que se está delante de toda una obra maestra, y de una de las cintas capitales en el género de aventuras.
En “Los siete samuráis” podemos observar el extraordinario trabajo de un director como Kurosawa que, exprimiendo casi al límite los recursos cinematográficos básicos, logra despertar el interés en el espectador desde el minuto 1 hasta el 205. Si se han de mencionar sus virtudes, debería ser el argumento la primera de ellas. Basado, al parecer, en un hecho real, la historia de una banda de samuráis dispuesta a acabar con la amenaza de un pequeño pueblo agrícola, representada en la crueldad de unos saqueadores periódicos, promete ya desde la sensación del advenimiento de algo emocionante, es decir, el enfrentamiento entre los dos bandos. Y, si bien Kurosawa nos hace esperar para ver el choque, la primera parte, a modo de introducción, y que incluye el complicado proceso de selección de cada uno de los samuráis, resulta prodigiosa, porque no aburre, porque la fuerza narrativa del guión lleva a que toda la trama sea inteligible, y porque una muy elocuente fotografía nos auxilia en aquellos pasajes en los que el silencio domina.
Las interpretaciones son para destacar, en especial la de Takashi Shimura. Toshiro Mifune estuvo muy bien, sobre todo porque no debió ser sencillo ponerse en la piel de un personaje tan simiesco como el que le toca interpretar. El resto, hasta el último extra que sale en pantalla, está a la altura del proyecto.
Extraordinario trabajo de Asakazu Nakai en la dirección fotográfica. Hay escenas que resultan, desde lo visual, realmente prodigiosas, como aquella en la que uno de los samuráis regresa envuelto en la neblina matinal, después de haber arrebatado un rifle a uno de los bandidos. A destacar también la precisa y meticulosa dirección de Kurosawa, incluso en escenas turbulentas como la de las batallas. La escena del encuentro final resulta casi apocalíptica, por la crudeza del combate, por la lluvia que lo envuelve y empantana todo, y por la intensidad con que está filmada. También es mencionable el tacto del director para introducir una historia de amor en la trama, y el buen efecto que causan los parlamentos jocosos, que sirven para relajar un poco el halo dramático que envuelve a la historia desde el principio.
Buen manejo de las escenas cargadas de emotividad y de dramatismo, como la del derrumbe del samurai más joven, o el llanto del personaje de Mifune con el niño en brazos.
En resumen, toda una joya del cine de todos los tiempos. Película imperdible y extraordinaria. Todo un monumento cinematográfico.
LO PEOR: Casi nada que decir en este apartado.
LO MEJOR: Toda la parte visual. El guión, de lo más preciso. La dirección magistral de Kurosawa.
LEANDRO PINTO 
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