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Hacerla pa ná es tontería
Brannagh es uno de los directores que más facilidad tienen para acaparar proyectos dentro de diferentes registros. Desde la aparatosa aunque brillante Hamlet, hasta Los amigos de Peter, pasando por la agradable Mucho ruido y pocas nueces. Quizás no tenga una enorme película en su haber, pero sí se había mostrado respetuoso con los espectadores a la hora de escribir y dirigir sus películas. Eso se ha roto con La huella, donde ha cogido el testigo de uno de los grandes autores de la historia del cine y, dándole un (horrible) lavado de cara ha hecho algo completamente diferente y que es, por desgracia, la única virtud de la película, por llamarlo de algún modo. Esas escasas virtudes se encuentran en el guión de Pinter, quien, a pesar de mantener el esqueleto de la obra de Schaffer, mete sus habituales inquietudes, que acaban convirtiéndose en molestos tics y dando al traste con la arriesgada y fallida propuesta de director y guionista.
El director ha revestido todos los aspectos de la película de forma que esta pueda parecer atractiva a los ojos del público moderno, ha querido deshumanizar aún más si cabe la casa de Wyke, ese particular Xanadú lleno de entresijos, con una apariencia demasiado tecnológica, y que ha usado de una forma demasiado incómoda como hilo conductor de la historia. Y la casa es una muestra en general de lo que ha hecho con la cinta en general. Limitándose a rodar a Caine y Law en un rápido juego de primeros planos, acompañado por incomprensibles planos medios y generales llenos de ángulos muertos, acaba por tirar una historia que, sin ser la original, se hubiera aprovechado mejor con un punto más sobrio en la puesta en escena, y menos moderna visualmente. Brannagh se ha pasado de barroco, como le ocurría en algunos momentos de Hamlet, y acaba haciendo un vacuo ejercicio que se pretendia asfixiante y cuya fórmula acaba sin gas tras algunos momentos interesantes.
La película se recrea en su modernismo durante todo el metraje, aparte de la puesta en escena, con un guión lleno de frases burdas que jamás encontraríamos en un guión de, por ejemplo, Mankiewicz, y que, como la mayor parte del cine moderno, se vuelve soez como si necesitara remarcar a base de tacos y frases sacadas de una pandilla de quinceañeros que tienen libertad y pueden soltar insultos a diestro y siniestro. Y el molesto toque de la tensión homosexual, que, si bien puede resultar novedoso al principio, acaba por cansar, haciendo del tercer acto una muestra más de que Michael Caine está a años luz de Jude Law, quien desata su histrionismo y tira por la borda lo que, hasta ese momento, había sido un papel más que correcto.
Tony Montana 
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