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La despedida
Entró en el teatro observando las paredes agrietadas, las sillas plegables y el olor a viejo que desprendían las cortinas de la entrada; ocupó su asiento a regañadientes -cómo era posible que el periódico lo enviara allí para escribir sobre ese espectáculo- y extrajo del bolsillo de la chaqueta la pluma estilográfica con la que tantas críticas había firmado; abrió el cuaderno y escribió en la parte superior de la hoja: “Teatro Decadencia. Hora: 20:30. Actuación de dos viejos payasos (o dos payasos viejos). Por los rasgos de los clowns seguramente lo de siempre: humor desfasado, caídas previsibles, gags impotentes”.
Se atusó el bigote y resopló por segunda vez en la escena que daba inicio a la representación. A su izquierda un grupo de niños acompañados de sus padres reían, sin parar. Fijó su atención en el chico rubio que señalaba la cara apenada de uno de los actores y por primera vez sonrió. Decidió hacer sus primeras anotaciones en la libreta: “Coreografía correcta, payasos bailarines con adecuada compenetración, emoción mejorable. Una sonrisa, cero carcajadas”.
Al acabar la función se atusó de nuevo el bigote y frunció el ceño, se había equivocado; apuntó: “Sonrisas amargas: incontables. Carcajadas: cero”. Por la forma acelerada de los movimientos y el fascinante poder del número supo, finalmente, que aquella actuación era otra cosa, que la risa iba en otra dirección, que había presenciado algo grande y diferente, indefinible; lo primero que le vino a la mente fue magia y lo escribió: “Sin aviso apareció la magia en el escenario. Desaparecida durante tanto tiempo, hoy, ha renacido”, para posteriormente añadir: “Lágrimas evaporadas, melancolía pura y sin fisuras”; y guardó la pluma tras tachar alguno de los comentarios anteriores correspondientes al comienzo de la obra.
Mientras recogía el abrigo contempló los ojos llorosos de uno de los intérpretes; tras la vista nublada se intuía un adiós, un punto y final a un personaje, a una vida.
Adiós, y él también se despidió.
Dromedario 
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