Si alguna vez se escogiese la película más comprometida con el antibelicismo, el antimilitarismo, la tolerancia, la batalla por la paz y la justicia, Senderos de Gloria sería sin duda la elegida. La captación sincera de un objetivo en forma de mensaje debería ser de obligado cumplimiento a la hora de ponerse tras las cámaras y en esta excepcional cinta Stanley Kubrick nos regala todo un discurso en defensa de los derechos humanos, una arenga contra la prepotencia y la injusticia militar. El director roza la perfección al ofrecernos en primer lugar un guión sin fisuras elaborado por uno de los grandes novelistas de serie negra, Jim Thompson, autor entre otras de El asesino dentro de mí, basado en la excelente obra homónima de Humphrey Cobb; en segundo lugar una brillante fotografía en blanco y negro que realza todavía más el dramatismo de la historia, sin olvidarnos de la sobria aunque sofisticada puesta en escena, de las soberbias interpretaciones, en especial la de Kirk Douglas, y una cuidada dirección de actores, algo más en lo que el director neoyorquino era un auténtico maestro.
spoiler:
Senderos de gloria es una magistral elegía a los derechos del hombre, defendidos con tesón y orgullo por un hombre íntegro: el coronel Dax, un honrado y sensible militar de alto rango demasiado comprometido con su responsabilidad y consciente de la monstruosidad de la guerra como para hacer cumplir unas injustas órdenes impuestas desde el nepotismo de la jerarquía militar; un alegato inmisericorde contra el absurdo de la guerra, de los estratos militares, de la política armamentística y de los trasnochados e hipervalorados valores castrenses. Por todo ello fue prohibida en muchos países, como Francia, nación directamente aludida en la cinta, y también por la censura franquista en España, donde la película llegó con más de treinta años de retraso.
Pero la lectura de Senderos de Gloria se adentra en territorios aún más gravosos cuando denuncia sin paliativos la irracionalidad de determinados estamentos sociales (implícitos algunos de ellos en la película, como el militar) pero que engloba a otros arrastrados desde hace siglos por normas, conductas y códigos deontológico basados en la estructura piramidal, en donde prima la obediencia a la razón, la sumisión a la libertad y el silencio impuesto a la expresión pública de la justicia. Kubrick arremete contra esa sinrazón, la crueldad y la monstruosidad de determinados individuos, cuando estos se ven amparados y defendidos por el conjunto de reglas que rigen un determinado colectivo social o profesional, y se ve representado a sí mismo en la figura elegante, magnífica, reveladora del protagonista, el paradigma del héroe incansable, defensor de la tolerancia, el respeto a la vida y al género humano en cualquier circunstancia, convirtiéndole en el receptor de la virtudes y valores de todos aquellos que han luchado por la paz y la libertad a lo largo de los siglos.
La estética, la forma de Senderos de Gloria, pertenece a la filosofía de la corriente expresionista, sobre todo la magnífica fotografía en blanco y negro de George Krause. Stanley Kubrick después, con un hábil manejo del lenguaje cinematográfico y del montaje, muestra la suciedad de las trincheras, la esencia de lo inhumano, soldados enfermos lanzados sin piedad contra un enemigo acechante frente a la vida de los oficiales, pulcramente vestidos en regios y palaciegos salones, y se encarga de mostrarnos la contundencia y la injusticia del estamento militar en poco más de hora y media de proyección, haciendo nuestro el trágico poema con el que finaliza esta magistral película: “Los senderos de gloria no conducen más que a la tumba”.