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Esto es la guerra
Abstenerse forofos de planos frenéticos, montaje mareante y prisas por no contar nada mientras el público devora palomitas a ritmo de rock. Esto es CINE y yo, qué quieren que les diga, me aburro con John Woo. Y eso que ni siquiera llevo gafas de pasta...
Klimov contó una película a la soviética, con tiempo, y sobre todo con un hiperrealismo tal que no es de extrañar que al público occidental, acostumbrado a las imposturas hoolywodienses, a veces les parezca hasta surrealista. El rigor histórico es absoluto, tanto en los hechos que se nos narran como en la manera de hacerlo: vehícluos, vestuarios, equipo, o incluso el exceso de llegar a utilizar munición real y matar a una vaca delante de la cámara con una ráfaga de ametralladora... Klimov supo muy bien en todo momento que no hay nada más hipócrita que hacer una película antibelicista al tiempo que uno se deja seducir por la estética de la guerra hasta convertir la muerte en espectáculo, y de eso ya podría haber aprendido el Spielberg del Soldado Ryan. En su lugar, se limita a plagiar un par de recursos narrativos del ruso: la supresión del sonido para simular la sordera que causa una detonación próxima o el desenfoque parcial de un primer plano para ensimismar al personaje de su entorno. Sólo la forma, nada del contenido.
Y aquí hay forma y contenido a espuertas. Que nadie espere grandes batallas ni música de trompetas. El arranque es deliberadamente lento, pausado, necesario para transitar paulatinamente desde lo cotidiano y trivial hasta el horror del conflicto. Una bajada a los infiernos que deja a su protagonista, apenas un niño al principio, convertido al final en un anciano. El tramo final es antológico, de una perfección técnica tal que nos sumerge en lo ocurrido como si del mejor de los documentales se tratara.
Y sin maniqueísmos ni alardes de propaganda vacua. El pasaje de Hitler, única concesión a la imaginación de una cinta de un realismo brutal, deja claro que los responsables de las grandes atrocidades de la Historia no son sólo los líderes; también las masas que les siguen tienen algo que ver en todo ello. Si hasta Hitler fue niño, ¿qué clase de sociedad le transformó en un carnicero?. Y sobre todo, por mucho que se desprecie al enemigo nunca se puede caer en la bajeza de aplicarle su propia medicina. Klimov explica algo tan grande con una simple bajada de fusil y un rostro llorando ante la cámara.
Durísima, pero totalmente imprescindible.
Gracias, Klimov.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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spoiler: Moscú, Stalingrado (donde el Eje sufre 800 000 bajas entre alemanes, húngaros, italianos y rumanos), Kursk, Bagration (donde los alemanes perdieron 400 000 hombres, 22 generales, Rumanía y Hungría en apenas dos semanas), fueron los hitos que marcaron la derrota del nazismo; Normandía, en comparación, una nota a pie de página en el libro de la historia, magnificada por la propaganda de las barras y estrellas.
La cifras varían, pero se calcula que alrededor de 21 millones de soviéticos perdieron la vida en la Segunda Guerra Mundial. Apenas 6 millones eran militares muertos en combate. El resto, civiles y prisioneros de guerra masacrados por haber cometido el terrible delito de ser comunistas, judíos o eslavos, obstáculos en las ansias de expansión territorial de Alemania hacia el este de Europa.
Viendo que en Occidente los vientos vuelven a soplar en esa dirección, no estaría de más revisar este tìtulo para refrescarnos la memoria.
Hartmann 
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