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"Lost In Translation" es el feo parto de una sociedad de pisaverdes, diletantes, bohemios e infatuados que detentan el poder de la industria. Reducida a manifiesto pop, el aborto creativo de Coppola tiene algunos elementos que merece la pena recordar. En primer lugar, la incomunicación y la soledad en la que se encuentran Murray y Johansson son consecuencias de sus decisiones, algo que deberían saber de antemano: el primero por aceptar trabajos estúpidos y la segunda por acompañar a su pareja a dónde sabe que no pinta nada. Ese victimismo autoinfligido, que nadie debería creer ni legitimar, es su premisa. A partir de ahí se precipitan sus despropósitos: un "swing" -deporte occidental- contra un paisaje emblemático japonés, la rechifla por los gallos de Anna Faris -la única diferencia entre su "karaoke" reside en que la canción es peor-, la huida infantil hacia ninguna parte como elemento falsamente liberador, etc. Hay que decirlo claro: los delirios de la burguesía por el paisaje desolador que ellos mismos han sembrado no son más que el infierno que merecen dos personajes cuya única misericordia que despiertan es la haber sido tan necios.