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Un buñuelo exquisito
Otra demostración de grandeza de Buñuel. Breve, ni noventa minutos, con una idea sencilla y con un desarrollo que va de menos a más, consigue hacer que parezca sencillo lo que no es. Por momentos ese personaje, Francisco, baja a los niveles de una rata, o un gusano, o algo peor, qué sé yo, lo peor elevado a la máxima potencia, un despreciable hombrecillo sin virtud alguna. Ser tan repulsivo se debe, por supuesto, a la interpretación sobrenatural de Arturo de Córdova, sencillamente no hay palabras. Su psicopatía lo hace tan mezquino que Buñuel no duda en afiliarlo con todo aquello a lo que le apetecía siempre cargar: el protagonista es un cristianito devoto, un terrateniente que sólo le preocupa recuperar su legado y en definitiva un burgués que lo tiene todo para calificarlo de lamentable. A esto le sumamos su incompetencia por querer y dejarse querer, un loco, un zumbado, no es que hayan celos, es un negado y un capullo.
Y ese final demoledor. Como todo zumbado, y este es de libro, sigue pensando que sigue teniendo toda la razón, no se equivocaba... y acaba zigzagueando de esa manera, como diciendo: efectivamente, soy un zumbado.
Luisito 
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