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Voto de Bloomsday:
7
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7
7,1
2.335
29 de octubre de 2008
29 de octubre de 2008
65 de 71 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un equipo de rodaje espera una muerte para poder grabar así una ceremonia fúnebre tradicional. Macabro, dirán ustedes. Macabra la vida pues, que en el fondo viene a ser lo mismo.
Kiarostami recurre a planos generales de carreteras sinuosas, conversaciones en off, encuadres fijos y fueras de campo... Ese estilo conlleva el rechazo de una estructura visual típica, sin planos habituales de narrativa convencional. A mí me parece que la pretensión disociativa de esta construcción de imágenes, podríamos llamar opacas, responde a las necesidades de las historias que Kiarostami aborda: no vemos al equipo de rodaje; la anciana moribunda es un comentario, tampoco la vemos; la chica de la cueva oculta el rostro... Kiarostami niega a su vez, como parte de esa desconexión con el espectador, cualquier familiaridad con los personajes y fomenta cierta antipatía hacia el forastero protagonista. Igualmente, los imposibles diálogos también son así, imprimen una sensación elusiva, deslavazada y repetitiva.
El propio Kiarostami dice que su objetivo es mostrar sin mostrar, yendo más allá de lo que físicamente se representa. No pretende contar una historia ni involucrarnos emocionalmente con personajes. En ese sentido, toda la película es un descomunal tiempo muerto, que tiene en la abstracción su objeto fundamental. Ninguna situación aporta nada al desarrollo de la historia, el metraje es una constante dilación, una infructuosa demora que no lleva a ningún sitio. Alarga las tomas, se entrega a encuadres que no explican y nos escamotea planos que, desde un punto de vista académico, son estructuralmente necesarios para la construcción normal o natural de las escenas. Todo esto tiene una finalidad, claro, y yo diré, en defensa del iraní, que así es como me llega la vida de estas gentes. Un constante divagar entre carreteras de tierra y rutinas arcaicas de una aldea del Kurdistán. Creo que es una estupenda forma de trazar el abismo que suponen esos pequeños pueblos de polvo y olivos con respecto al director y, más aún, con respecto al espectador occidental. La mejor forma de representar la diferencia entre nuestro mundo y el de esos lugareños proyectados de forma fragmentaria.
La presencia de la muerte es constante, y esa latente amenaza del paso del tiempo conlleva, creo, una sutil evolución en el personaje principal. Es un hombre austero, casi soberbio, que irá asumiendo nuestro plazo caduco a medida que se ve inmerso en la paz de esas casonas donde las cosas suceden despacio, y donde se te ofrece la posibilidad de reflexionar sobre esa fugaz existencia que pasea entre las nubes o navega sobre un fémur arrastrado por la corriente. Olvidándose del móvil, los plazos y el equipo de rodaje, una nueva forma de mirar aparece. Una mirada que reconoce el valor del viento moldeando el trigo, o del silencio que llena un plano general.
Kiarostami recurre a planos generales de carreteras sinuosas, conversaciones en off, encuadres fijos y fueras de campo... Ese estilo conlleva el rechazo de una estructura visual típica, sin planos habituales de narrativa convencional. A mí me parece que la pretensión disociativa de esta construcción de imágenes, podríamos llamar opacas, responde a las necesidades de las historias que Kiarostami aborda: no vemos al equipo de rodaje; la anciana moribunda es un comentario, tampoco la vemos; la chica de la cueva oculta el rostro... Kiarostami niega a su vez, como parte de esa desconexión con el espectador, cualquier familiaridad con los personajes y fomenta cierta antipatía hacia el forastero protagonista. Igualmente, los imposibles diálogos también son así, imprimen una sensación elusiva, deslavazada y repetitiva.
El propio Kiarostami dice que su objetivo es mostrar sin mostrar, yendo más allá de lo que físicamente se representa. No pretende contar una historia ni involucrarnos emocionalmente con personajes. En ese sentido, toda la película es un descomunal tiempo muerto, que tiene en la abstracción su objeto fundamental. Ninguna situación aporta nada al desarrollo de la historia, el metraje es una constante dilación, una infructuosa demora que no lleva a ningún sitio. Alarga las tomas, se entrega a encuadres que no explican y nos escamotea planos que, desde un punto de vista académico, son estructuralmente necesarios para la construcción normal o natural de las escenas. Todo esto tiene una finalidad, claro, y yo diré, en defensa del iraní, que así es como me llega la vida de estas gentes. Un constante divagar entre carreteras de tierra y rutinas arcaicas de una aldea del Kurdistán. Creo que es una estupenda forma de trazar el abismo que suponen esos pequeños pueblos de polvo y olivos con respecto al director y, más aún, con respecto al espectador occidental. La mejor forma de representar la diferencia entre nuestro mundo y el de esos lugareños proyectados de forma fragmentaria.
La presencia de la muerte es constante, y esa latente amenaza del paso del tiempo conlleva, creo, una sutil evolución en el personaje principal. Es un hombre austero, casi soberbio, que irá asumiendo nuestro plazo caduco a medida que se ve inmerso en la paz de esas casonas donde las cosas suceden despacio, y donde se te ofrece la posibilidad de reflexionar sobre esa fugaz existencia que pasea entre las nubes o navega sobre un fémur arrastrado por la corriente. Olvidándose del móvil, los plazos y el equipo de rodaje, una nueva forma de mirar aparece. Una mirada que reconoce el valor del viento moldeando el trigo, o del silencio que llena un plano general.
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