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Jaque Mate
No deja de sorprenderme el fenómeno de los remakes. Los ha habido siempre, aunque tal vez no existiese esta palabreja y se les llamase “versiones”, pero parece que hoy en día, si algo es un remake, es por necesidad carente de algo más que de originalidad. Se les ataca por ser innecesariamente largos, o por acortar el metraje del original. Se les ataca por ser fotocopias del anterior y también por tomar caminos más libres. En definitiva, atacar por atacar, porque al ir a ver un remake hay que dejar prejuicios atrás y aceptarlo como lo que es, un nuevo enfoque, valorarlo como algo distinto, no por comparación. Únicamente así podrá disfrutarse de grandes historias que vuelven a ser contadas por otra apasionante mirada.
La huella plantea la excitante posibilidad de explorar los recovecos de una historia que no pudo ser contada. Esta versión va directamente a todo aquello que en la original no fue explorada, además de adaptar con inteligencia el argumento a los nuevos tiempos (impagable la conversación sobre los coches). Aquí el énfasis no está puesto sobre el juego y el “grand Guiñol” sino sobre la crueldad malsana de los humanos cuando se habla de pasiones. Aquí no se explota la importancia del objeto detonante de la confrontación, sino lo subyacente, esa relación homosexual latente en una descarnada lucha de clases, egos y soledades.
Habría que admirar la valentía de propuestas como esta, inteligentes, arriesgadas, un verdadero reto para el espectador, obras maduras y trabajadas, sobre todo en tiempos en los que prima el blockbuster y el primer fin de semana. Pero ni por esas se aprecia un remake. Ni por esas se valora que en esta historia hay uno de los más grandes y devaluados directores de la última década (pocos hay que igualen su curriculum). Ni por esas se valora que el nuevo eje de la historia, el guión, es adaptado por un premio Nobel. Y que decir de esos dos interpretes, puede que los mejores de su generación. Caine, en todo un reto, ser su propia réplica, cruel yu despiadado, pero el más humano de los torturadores. Law, camuflado, lejos de si mismo, ofreciendo tres máscaras en sus tres actos que devienen en tres extraordinarias composiciones. Si se la debiera criticar por algo sería por el exceso (quizá teatral), las pretensiones (o tal vez la valentía), y la inverosimilitud (que sin duda hay en ambas obras). Pese a ello, digo, una Joya.
jaly 
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