“Diario de una ninfómana” no es lo que podríamos llamar una película sutil. Es exactamente lo que dicen su llamativo título, que no deja nada a la imaginación, y su amarillista promoción que inundó las ciudades con carteles gigantes de la entrepierna rasurada de una muchacha que pone su mano no se sabe si para taparse (apenas tapa nada) o porque se está tocando. Habrá quien diga que ese tipo de cosas no deberían escandalizar a nadie, que el director es un valiente y que si los padres se sienten incómodos al entrar en el metro con sus críos y ver un potorro calvo es que son unos fascistas que los tiempos han cambiado.
No sé, a lo mejor tienen razón y España sigue llena de retrógrados. O a lo mejor la productora no es una transgresora sino una oportunista que intenta tapar las muchas carencias de la película con pretenciosos debates morales.
En cualquier caso, dado que pocas veces un programa de televisión ha sido capaz de agrupar un mejor grupo de expertos sociales y analistas de la realidad que la última edición de “Gran Hermano”. Los Arturos, Indhiras, Carolinas, Tocanos… son tan claramente superiores (tanto en experiencia vital como neuronal) a los Fernandos Savater o Gustavos Buenos de turno que voy a hacer la crítica desde su perspectiva. Los productores me lo agradecerán.
Valerie (Val para amigos y clientes) es una chica que dice que tiene un físico privilegiado , dinero, estudios y las mejores multinacionales se pelean por sus servicios. En otro orden de cosas, y por utilizar palabras de nuestros analistas de Gran Hermano, le pica el chirri cosa mala lo que para su vida privada es todo un inconveniente porque en sus relaciones monógamas sus parejas no dan la talla (a partir del sexto quiqui farfullan excusas como que no son máquinas o que al día siguiente tienen que currrar) y si se cepilla tíos que conoce en las paradas de autobús a los obtusos de sus novios les parece feo e infiel (ya veis: ni comen ni dejan comer). En cambio, cuando no tiene pareja estable y se zumba un tío/tía cada noche de manera más organizda (a éstos les pide que se pongan condón, no como a los desconocidos de las paradas de los buses) se siente vacía.
Me resulta difícil continuar sin desvelar aspectos de la trama. Sólo diré que “Diario de una Ninfómana” es uno de esos truños que toman al espectador por tonto y se piensa quela gente sigue viendo películas malas por el hecho de hacer aparecer tetas y felpudos como en los años setenta. Con interpretaciones planas, personajes planos, historia plana y dirección plana, el único exabrupto lo pone un Leonardo Sbaraglia totalmente fuera de control (ya sabeis: los babeos, miradas de loco, risa floja y habla ininteligible de siempre) que en otras circunstancias se podría considerar penoso pero que aquí proporciona un involuntario toque cómico que se agradece en medio de tanta insipidez.
Concluyo en el spoiler, que me quedo sin sitio.
spoiler:
No me atrevo a juzgar el papel de Belen Frabra (Val). Su personaje sólo le exige desnudarse en cada plano y ella cumple sobradamente, sin que se pueda decir si el hecho de que no me transmita un pimiento se debe a su interpretación o a que el guionista se ha limitado a buscar situaciones que justifiquen un desnudo (algunas están realmente curradas, hay que reconocerlo, y dan que pensar) con escenas de diálogo de obra de fin de curso para unir un polvo con el siguiente. El resto de actuaciones se dividen en los que dan la réplica a Val en las escenas de transición (Llum Barrera, Charlotte Rampling) y los que dan la réplica durante las escenas de sexo (no conozco a ninguno)... todos ellos igual de intrascendentes que Val, pero sin desnudarse.
Un truño. Nivel de truño: a su manera, menos interesante que Gran Hermano 10. Por mucho que lo disimule con eslogans feministas, historias de malos tratos, de búsquedas interiores y de represión mal entendida, no tiene nada que contar ni otra razón de ser que recaudar pasta generando polémica.